jueves, 31 de enero de 2013

El Sobre de Azúcar (Cuento)


         Sabrina estaba en un bar esperando a Julieta, su mejor amiga en el mundo; tenían veinticinco años y se habían conocido después de egresar del colegio secundario, siete años atrás; tenían tanto en común y tanpoco tiempo para compartir (ya que ambas estudiaban y trabajaban) que decidieron, un año atrás, encontrarse todos los viernes a las ocho en un bar, pasara lo que pasase, desde entonces, todos los viernes allí estuvieron, y ahora, como todo viernes, Sabrina esperaba a Julieta (quien siempre llegaba quince minutos tarde), sin saber que su amiga le guardaba un secreto desde hacía mucho tiempo, a ella, su mejor amiga en el mundo.
         En cuanto Julieta llegó al bar, saludó a su amiga con un beso en la mejilla y tomó asiento frente a ella, luego se disculpó por la tardanza y Sabrina aceptó las disculpas; entonces, llamaron al mozo y pidieron dos cafés con medialunas, cuando éste les entregó el pedido, Julieta observó horrorizada que algo se movía en el interior de uno de los sobres de azúcar, y peor aún; el mozo colocó ese sobre (entre otros dos) junto a la taza de su amiga; Sabrina tomó uno de estos, lo abrió y vertió el azúcar dentro del pocillo de café, luego otro, y cuando tomó el tercero Julieta se lo arrebató de su mano; algo se había estado moviendo en el interior del sobre de azúcar todo el tiempo y Sabrina no se había dado cuenta.
         –Te lo cambio.– Dijo Julieta y le entregó otro sobre a Sabrina.
         –Pero... ¿Por qué? ¿Qué tiene ese sobre de azúcar?–
         –Nada Sabrina, sólo quise cambiártelo.– Dijo Julieta, guardando el sobre en la cartera.
         –¿No lo vas a usar?–
         –No, con dos es suficiente.–
         –Entonces dámelo, yo quiero cuatro.–
         –Es que quiero guardármelo de recuerdo, si querés llamo al mozo y le pedís otro.–
         –No, está bien, no te hagas problema.– Dijo Sabrina, frunciendo el ceño.
         –El sobre no tiene nada Sabrina, solamente quiero guardármelo como recuerdo, creéme.–
         –Te creo, me pareció un poco raro nada más, pero te creo, sos mi mejor amiga, si no confío en vos en quién voy a confiar.–
         Estuvieron en el bar hasta las diez y cuarto de la noche, como todos los viernes; salieron de allí y fueron hacia la esquina, donde se separaron para dirigirse cada una por su lado.
         En cuanto Julieta llegó a su departamento, abrió la cartera y sacó el sobre de azúcar, lo miró fijamente y volvió a ver que algo se movía en su interior.
         –¿Por qué lo hiciste?– Le preguntó al sobre. –Querías que te viera ¿No es cierto? ¿Acaso no entiendes que no puedo permitirlo?–
         –Ya llevaste esto demasiado lejos– Dijo una voz aguda proveniente del sobre de azúcar. –Deberías escucharme.–
         –No pienso sacarte de allí, tendrás que arreglártelas vos sola.–
         –Eso no me importa, sabés que puedo salir ¿Cómo creés que entré sino? Además, no fue la única razón terminar con lo de tu amiga, también tenía hambre y ese azúcar estaba realmente delicioso.–
         –No digas tonterías, sabés que tenemos azúcar aquí en la casa.–
         –Entonces dame un poco, porque este sobre ya está vacío.–
         Acto seguido, el sobre comenzó a romperse desde adentro y salió una pequeña criatura alada; a simple vista, podría ser confundida con una mariposita blanca, pero viéndola mejor cualquiera se daría cuenta que tenía cuerpo de mujer; una pequeña mujer de dos centímetros de alto, de cabello rubio, apenas ondulado y largo hasta la cintura; llevaba puesto un vestido blanco, largo hasta los tobillos y ajustado al cuerpo; sus ojos, completamente azules, daban la impresión de estar contemplando el mar si se los observaba durante un rato; y sus alas, como de mariposa, totalmente blancas, al igual que su vestido; su pálida piel apenas difería con la blancura de su atuendo y alas.
         Julieta tenía un secreto y hacía cuatro años que lo guardaba; el día que cumplió veintiún años gran parte de su vida cambió, esa noche, una risita la despertó y luego escuchó una voz aguda que la llamaba por su nombre, entonces la vio, la pequeña mujer alada estaba frente a su rostro; así conoció a Leticia. Julieta palideció, pero la pequeña mujer colocó una manito en su frente y ella lo entendió todo; entendió que era una persona especial, elegida para ayudar a cumplir la voluntad de Dios, la que no se cumpliría si determinadas personas morían, de esas personas dependía el futuro de la humanidad y “algo” intentaba acabar con sus vidas desde hacía mucho tiempo; ella, al igual que muchas personas, habían sido elegidas para evitarlo; cuando esas personas importantes para el futuro, eran víctimas de esa criatura demoniaca, ésta les robaba la fuerza vital y en poco tiempo morían si no aparecía alguien como Julieta, a quien se le había asignado esa víctima para que la llenara de vida; ya habían sido tocadas por el mal y la energía de los elegidos sólo permanecía en sus cuerpos durante siete días, por lo que todas las semanas, el mismo día, a la misma hora, el elegido se debía encontrar con la persona que le fue asignada y pasar dos horas con ella, hablando como amigos, contándose algunas de sus cosas; durante esas dos horas, aquella persona importante para el futuro de la humanidad volvía a llenarse de vida, sin percatarse de nada, ni siquiera de que estaba a punto de morir si semana tras semana no se cumplía la cita, simplemente no recordaba que había sido atacada por la bestia, y sentía que aquella persona, con la que se reunía una vez por semana, el mismo día a la misma hora, era realmente su amiga, por supuesto que así era, a los elegidos se les asignaba gente con las que seguramente congeniarían y por los que terminaban sintiendo mucho aprecio; pero la bestia no asesinaba sólo personas importantes, cuando cualquier ser humano se atravesaba en su camino, era su víctima, le robaba su fuerza vital de la misma manera que a los otros.          
         Eso fue lo que le sucedió a Sabrina cuando tenía veinticuatro años, justo unos días antes de decidir encontrarse con su amiga, todos los viernes a las ocho de la noche en un bar; lo cierto es que Julieta, sólo realizaba el trabajo de elegida dos horas todos los días, más precisamente de ocho y cuarto a diez y cuarto de la noche; en un principio le fue asignada una sola persona, luego otra y luego otra, hasta que en esas dos horas sólo le quedó un día libre, los viernes.
         Ya hacía más de un año que Julieta había visto como la bestia atentaba contra la vida de Sabrina, y si ella no hubiera estado cerca para ayudarla, quebrantando las reglas ya que Sabrina no le había sido asignada ni a ella ni a nadie, su mejor amiga hubiera muerto y ella no podía permitirlo; así fue como comenzó la rutina de los viernes, pero Leticia, su pequeña consejera y ayudante, no estaba muy contenta con esto; ella era la encargada de trasmitirle a Julieta quiénes eran las personas que le habían sido asignadas, y cuando y donde las encontraría, era la encargada de ayudarla y aconsejarla cuando lo necesitara, pero Julieta no estaba escuchando sus consejos, por eso Leticia se había metido en el sobre de azúcar, si Sabrina la veía, Julieta ya no podría seguir ayudándola, ya no tendría el poder para hacerlo, por que quienes veían a los consejeros no podían ser ayudados por quienes recibían los consejos de estos; pero no le había funcionado, Sabrina no la había visto porque Julieta lo había impedido; en poco tiempo le asignarían otra persona, Leticia lo presentía, y el único día que le quedaba para ayudar era el viernes, pero utilizaba su tiempo con Sabrina, desperdiciaba su tiempo con Sabrina, alguien que no le había sido asignada; si Julieta seguía rompiendo las reglas, dejaría de ser una elegida y su consejera, su ayudante; moriría.
         Unos días después del incidente del sobre de azúcar, Sabrina llamó a Julieta por teléfono.
         –Renuncié a mi trabajo.– Le dijo.
         –Pero... ¿Por qué? ¿Ahora qué vas a hacer?–
         –Renuncié por que me hicieron una oferta mucho mejor, jamás imaginarías cómo conocí a mi jefe, algún día te lo voy a contar.–
         –Me alegro por vos, te felicito.–
         –El único problema es el horario, voy a salir tarde, y los viernes, no vamos a poder encontrarnos a las ocho.–
         –¿Qué? ¡No! ¡No puede ser!– Dijo Julieta y el corazón le dio un vuelco cuando se percató de que podría perder a su mejor amiga.
         Discutieron durante un rato y Sabrina terminó cortando la comunicación, ofendida.
         –¿Qué hiciste Leticia?– Le preguntó a su pequeña consejera, con lágrimas en los ojos.
         La pequeña mujer alada no contestó.
         Julieta iba a decir algo más, pero justo se escuchó el sonido del timbre de la puerta.
         Julieta se secó las lágrimas con un pañuelo de papel y luego se dirigió a abrir.
         –¿Sí?– Dijo, frunciendo el ceño, en cuanto vio a un hombre desconocido en su puerta.
         –Vos debes ser Julieta. Hola, yo soy Javier, el nuevo jefe de Sabrina.–
         –¿Qué?– Preguntó ella, confundida.
         –Necesito hablar con vos, pero antes de que me dejes entrar creo que va a ser necesario que te presente a alguien.–
         Acto seguido, abrió su saco y del bolsillo interior salió un hombrecito alado.
         –Él es Néstor– Dijo Javier. –¿Podemos entrar ahora?–
         –Claro, pasen.– Dijo ella y comenzó a entenderlo todo.
         –No creo necesario decirte que Sabrina va a estar bien, yo voy a ayudarla de ahora en adelante.–
         –Entonces, ella es una persona importante para el futuro de la humanidad, por eso te la asignaron.–
         –¿Qué?– Preguntó Javier, frunciendo el ceño.
         Julieta sonrió.
         Al fin había comprendido que todos los seres humanos son importantes para el futuro de la humanidad hasta que les llega la hora, lo cuál sólo puede ser decidido por Dios; todas las víctimas de la bestia eran salvadas por elegidos, y Julieta, en su afán de salvar a su amiga, quien, a los ojos de Dios, era tan importante como lo era para ella, estaba evitando que Javier hiciera su trabajo; pero afortunadamente, Leticia conocía a Néstor y le había pedido ayuda; entonces, todo se solucionó y Julieta pudo salvar ese viernes a la víctima de la bestia, pudo ayudar a la persona que le había sido asignada.


FIN.

miércoles, 30 de enero de 2013

¿La Siguiente es Santa Fe? (cuento)


          Eran las doce del mediodía y hacía veinte minutos que había comenzado a pasar a la computadora parte del cuento que acababa de escribir a mano, me faltaba poco para terminar de pasar la segunda parte y ansiaba imprimirla para dársela a mi amiga Cintia con la intención de que la leyera. Aunque mi mamá siempre lee lo que escribo, nunca le agradó el terror y supongo que lo hace un poco por curiosidad y otro poco por conocer mi forma de escribir y corregirme cuando fuera necesario; pero Cintia siempre me da su opinión y a veces me brinda buenas ideas, ya que se encuentra en mi misma situación de escribir por puro jobi. Pensar en Cintia me hizo recordar que ese día tenía un examen y creí que lo rendiría a las ocho de la mañana, por lo que me preocupó que aún no me hubiera llamado para contarme “la buena noticia”, llamé a la casa y me atendió la hermana, Celeste, cuando le pregunté por Cintia, me dijo que aún no había llegado. Aproximadamente media hora después sonó el teléfono y corrí a atenderlo.
         –¿Hola?–
         –¿Hola, Patricia?–
         –¿Cómo andás Cintia?–
         –Bien ¡APROVÉ!–
         La felicité y pasó a detallarme todo lo sucedido respecto al examen.
         –¿Qué vas a hacer hoy?– Le pregunté.
         –Hoy trabajo, entro a las ocho; si querés nos encontramos a las seis, no creo que pueda antes.–
         –Está bien, entonces nos vemos a las seis en el Play Center del shopping.–
         Me respondió afirmativamente y luego nos despedimos.
         Cintia trabaja en el Mc.Donald’s de Alto Palermo, por lo que íbamos a encontrarnos allí antes de que ella entrara a trabajar.
         Salí de mi casa a las cinco y cuarto (quince minutos tarde), tuve que esperar al colectivo durante más de diez minutos, definitivamente iba a llegar tarde.
         En el viaje iba leyendo un capítulo del último libro de Stephen King, que me compré, cuando el colectivo dobló para abandonar la calle Corrientes, cerré el libro para prestar más atención al recorrido, cuando estuve a punto de llegar a mi destino me puse de pie y me dirigí a la puerta trasera, eran las seis y media. Un hombre estaba parado delante de mí.
         –¿La siguiente es Santa Fe?– Me preguntó.
         –Sí.– Le contesté, dudando.
         El colectivo estaba envuelto en un extraño silencio y en cuanto le contesté a aquel hombre, varias personas me miraron como si yo estuviera loca. ¿Qué tenía de extraño contestar esa pregunta?
         Preocupada porque iba a llegar más de media hora tarde, me olvidé del hombre que estaba parado delante de mí, por lo que cuando el colectivo se detuvo en la parada, al notar que todavía no había llegado a la calle Santa Fe, no descendí, pero no me di cuenta de que el hombre, que momentos antes me había preguntado si esa calle era Santa Fe, era quien había descendido del transporte, una parada antes de su destino.
         Descendí del colectivo en la parada correcta y comencé a caminar hacia el shopping. Cuando llegué a la esquina, me detuve porque el semáforo estaba en rojo, me sobresalté al escuchar una voz de hombre hablándome al oído.
         –¡Me mentiste!–
         Me volteé hacia él, estaba mirándome a los ojos.
         –¿Me está hablando a mí?–
         –Por supuesto, mentirosa.–
         –¿Lo conozco?–
         –Lo suficiente como para mentirme tan descaradamente.–
         –¡Déjeme en paz!–
         Comencé a cruzar la calle, notando que la gente me miraba, pero no miraba al hombre que me molestaba.
         –No debiste mentirme.–
         Me seguía mientras yo caminaba.
         –No me moleste más.–
         –No pienso dejar de molestarte ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Matarme?–
         Seguí caminando sin contestarle, apurando el paso. Continuó molestándome, repitiendo siempre lo mismo, hasta que entré en el shopping. Dejé de escucharlo y cuando me volteé, él se había ido. Sentí un enorme alivio, realmente me había asustado y no podía dejar de pensar en lo que había dicho; supuse que estaba loco, pero de todas maneras no podía dejar de pensar en sus acusaciones.
         Me dirigí hacia el lugar acordado con Cintia para encontrarnos, y ella ya estaba ahí, esperándome; la saludé y nos dirigimos hacia el patio de comidas para tomar un café; mientras hablábamos comencé a sentirme observada; miré hacia todos lados, entonces lo vi, en una mesa cercana a la nuestra se encontraba el hombre que minutos antes me había perseguido repitiendo que yo le había mentido. Yo ya le había contado a Cintia lo sucedido, en cuanto nos encontramos, por lo que le dije que ese hombre era quien había estado molestándome, Cintia me preguntó donde se encontraba y yo le indiqué disimuladamente, ella se dio vuelta y me dijo que en esa mesa no había nadie.
         Recordé cómo me miraba la gente cuando yo le decía algo a aquel hombre.
         –¿En serio no ves a nadie?–
         –No hay nadie ahí.–
         Cuando volví a mirar él ya no se encontraba ahí.
         –Tenés razón, no hay nadie.–
         Pensé que quizás había sido mi imaginación, pero no creía que así fuera y eso me asustó bastante.
         –Realmente me pareció verlo en esa mesa.– Le dije a Cintia después de un rato.
         –Quizás te lo imaginaste, quedaste preocupada por lo que te pasó hace un rato y creíste verlo ahí, o quizás viste a alguien parecido.–
         –Sí, yo pensé lo mismo, pero no puedo sacármelo de la cabeza.–
         Después de un rato comenzamos a hablar de otro tema y por el momento me olvidé de aquel hombre.
         A las ocho menos cuarto abandonamos la mesa y nos dirigimos a Mc.Donald’s, cinco minutos después entró a trabajar, nos despedimos y quedamos en hablarnos por teléfono; salí del shopping y me dirigí a la parada del colectivo noventa y dos, para regresar a mi casa. Llegué a la parada y vino el colectivo, pero no lo tomé; por algún motivo decidí no subir al colectivo aún, la sensación de que no debía hacerlo me provocó un escalofrío.
         “Hasta las doce.” Pensé. ¿Qué haría hasta las doce?
         Comencé a caminar por la calle Santa Fe, no había recorrido ni media cuadra, cuando volvió a aparecer aquel hombre.
         –¿Creías que ibas a librarte de mí tan fácilmente?–
         –No me moleste.– Le dije.
         –Quiero que me digas por qué me mentiste.–
         –No entiendo de que me habla.–
         La gente me miraba cuando pasaba a mi lado, pero el hombre que al parecer ellos no veían me preocupaba más que sus miradas.
         –En el colectivo, por tu culpa tuve que bajar una parada antes.–
         Entonces, recordé quien era aquel hombre, él me había preguntado si la siguiente parada era Santa Fe, en el viaje de ida hacia el shopping.
         –No lo hice a propósito, yo creí que era Santa Fe.–
         –¿Por qué no me avisaste? Tenías que bajar en Santa Fe también, pero no bajaste cuando bajé yo–
         –No me di cuenta–
         –Claro, todas ustedes son iguales, siempre tan egoístas, pensando en ustedes mismas ¿En qué estabas pensando cuando permitiste que bajara de ese colectivo? ¿En que llegabas tarde a encontrarte con tu amiga?–
         No respondí. No sabía que hacer, ya tenía claro que el resto de la gente no podía verlo, por lo que no podía hacer nada para sacármelo de encima ¿Sería un fantasma? Me parecía demasiado nítido para ser un fantasma, aunque después de todo, yo nunca había visto  uno.
         –Voy a darte la oportunidad de enmendar tu error, todo lo que tenés que hacer es ir a la parada del colectivo noventa y dos, subir a uno y volver a tu casa.–
         –No puedo hacer eso.–
         –¿Por qué?–
         –No lo sé, ya lo intenté, pero algo me impide subir a ese colectivo.–
         –Qué lástima, entonces tendré que matarte de otra manera.–
         Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo cuando escuché esas palabras y cuando me volteé hacia él, ya no estaba.
         Sin saber qué hacer, comencé a caminar de vuelta hacia el shopping, cuando llegué a la esquina, el semáforo estaba en rojo por lo que esperé que cambiara, cuando se puso en verde comencé a cruzar, no había caminado ni cinco pasos, cuando el semáforo cambió nuevamente, pero no del verde al amarillo y luego al rojo, eso me hubiera dado la oportunidad de correr, sino directamente del verde al rojo, los autos arrancaron y uno me golpeó fuertemente en la pierna derecha, no tanto como para no poder caminar, pero si lo suficiente como para provocarme un doloroso moretón; cuando llegué al otro extremo de la calle me sentí aliviada por haber escapado de los autos; asustada por lo que pudo haberme pasado; desorientada porque no entendía cómo pudo haber pasado y con un fuerte dolor en la pierna. Decidí quedarme parada donde estaba, en la esquina de Santa Fe y Bulnes, no quería que me sucediera nada malo y me pareció que quedarme parada sería lo mejor, después de un rato comencé a sentirme aburrida y cansada de estar parada, la pierna me palpitaba de dolor y necesitaba sentarme, en cuanto comencé a moverme, algo pesado y redondo me rozó fuertemente el brazo izquierdo, provocando seguramente otro enorme moretón; desconcertada, miré hacia abajo para ver que me había golpeado; me quedé atónita al ver en el piso, justo en el lugar donde estuve parada momentos antes, una bola de pool, sino me hubiera movido, ésta me hubiera caído en la cabeza; el dolor que sentía en el brazo me demostró que cayó a una gran velocidad y eso que sólo me había rozado; me agaché para recogerla y observé con terror que la baldosa estaba quebrada; cuando la tuve en mi mano, vi que era la número siete. Me pregunté qué día era y me contesté a mi misma: Siete de abril.
         Estaba muy asustada, creí que aquel hombre, quien yo ya había asumido que era un fantasma o algo parecido, estaba provocando esos “accidentes”, decidí entrar nuevamente al shopping, me quedaría ahí hasta las doce, justo cuando cerraban. Subí por la escalera mecánica y mientras estaba en ella, primero comenzó a hacer un extraño ruido y luego se detuvo, comencé a subir caminando, segundos después empezó a salir fuego de la escalera, incendiándose, cuando el escalón de arriba estuvo envuelto en llamas, el fuego comenzó a extenderse por el resto de la escalera, corrí hacia abajo, intentando escapar del fuego, y lo conseguí sin sufrir ningún daño; en cuanto abandoné la escalera el fuego se extinguió, pero igualmente se formó una multitud en torno a ésta, para ver lo que estaba sucediendo, pero como ya había pasado “lo más interesante”, la gente volvió a lo que hacía antes.
         Miré el reloj, eran las nueve menos cuarto, no sabía qué hacer, si las cosas seguían así, no iba a llegar viva a las doce de la noche; en realidad, si las cosas seguían así, no sabía si iba a sobrevivir al siguiente minuto.
         Me dirigí hacia la escalera más cercana y me senté; me dolía la pierna y el brazo; quería que todo terminara, quería volver a mi casa, pero no podía arriesgarme a tomar un colectivo por el momento. Decidí quedarme un rato ahí sentada, pensando qué podía hacer, cuando volví a mirar el reloj ya eran las nueve y cuarto, en el momento que me puse de pie para dirigirme a otro lugar, un hombre que traía un monitor de PC, venía bajando las escaleras, tropezó, y el monitor se le escapó de entre las manos, si yo no me hubiera corrido momentos antes, seguramente hubiera caído sobre mí ¿Qué sucedería a continuación? ¿Después de sufrir un grave accidente me llevarían de urgencias al hospital Alvarez?
         Comencé a caminar por el shopping sin rumbo fijo. El vidrio de una vidriera se desprendió, cayendo al piso, a centímetros de donde yo estaba, justo cuando me detuve para atarme los cordones de las zapatillas, creo que no hace falta aclarar que si no me hubiera detenido el vidrio hubiera caído sobre mí. Me alejé un poco de los vidrios rotos y me quedé parada ahí, mirándolos, se me formó un nudo en la garganta y estuve a punto de llorar; me sentía una estúpida, trataba de contener las lágrimas, sabía que si comenzaba a llorar, lo siguiente que vendría sería un ataque de histeria y no era el momento para que eso sucediera. Después de un rato logré calmarme, me preguntaba por qué aún estaba viva si lo que él quería era matarme; no entendía cómo era posible que me hubiera salvado de tantos atentados de un fantasma, entonces se me ocurrió algo, y me vino a la mente como si me lo hubieran dicho, y fue lo único que logró calmarme un poco; que tal si la única forma en que podría matarme, sería en el colectivo noventa y dos, quizás el único objeto de aquel acoso era asustarme, para que yo tomara el colectivo, pero no lo haría, aunque no sabía por qué, pero sabía que hasta las doce de la noche no debía subir a un colectivo noventa y dos, pude haber viajado en subte hasta primera junta y ahí tomar un colectivo para ir a mi casa, pero preferí no hacerlo, no me hubiera sentido segura en un transporte.
         Fui hacia el baño, había comenzado a llorar, a pesar de haberme calmado y quería lavarme la cara; entré en el baño y mojé mi rostro, me miré en el espejo y en ese momento, éste estalló en miles de pedazos, lo primero que atiné a hacer fue agacharme, cuando todo se calmó, igualmente permanecí agachada durante más tiempo, no sé cuánto, unos minutos supongo, me dolía el rostro en varios lugares, pasé mi mano por una de mis mejillas y luego la llevé frente a mis ojos, estaba cubierta de sangre. Abrí la canilla y lavé mi rostro, los cortes no eran muy profundos pero eran varios y tardé bastante tiempo en lograr que la sangre se detuviera, cuando creí lograrlo sequé mi rostro con toallas de papel, en las que pude ver aún rastros de sangre, pero no me importaba. Miré mi reloj y eran las once de la noche ¿Cómo pudo haber pasado tanto tiempo? Ya sólo faltaba una hora.
         Estaba en el baño, observando los pedazos de espejo roto que estaban esparcidos sobre el piso y dije:
         –No voy a tomar ese colectivo.–
         Inmediatamente, en respuesta a mis palabras, la bombita de luz que estaba en el techo, se desprendió, estrellándose contra el piso, a mi lado; me sobresalte y se me escapó un gritito de asombro y temor, que creo, nadie escuchó.
         –No importa lo que hagas.– Agregué.
         Salí del baño, sintiéndome mejor por lo que acababa de decirle al fantasma, sin duda me había escuchado, pero no me pareció muy inteligente haberlo desafiado de esa manera, aunque no pudiera hacer nada para matarme en donde yo estuviera.
         Eran las once y cuarto, cuando un guardia de seguridad se acercó a mí y me dijo que el shopping cerraría sus puertas en cinco minutos; le contesté que ya me iba y me dirigí hacia la salida. No me sentiría segura en la calle; tenía que ir a algún lugar, entonces, decidí ir a sacoa a jugar a los videos para matar el tiempo. En el trayecto hacia allí, nada extraño sucedió, afortunadamente. Jugué a varios juegos antes de decidirme por “El mundo perdido: Jurasik Park”; es un juego con pantalla enorme y lugar para sentarse, está todo cubierto (a mí me recuerda a una auto) y tiene cortinas a los costados, nadie puede ver lo que sucede dentro del juego, excepto por el vidrio polarizado de atrás. Pasé la tarjeta, tomé el arma y comencé a jugar; me pareció demasiado sencillo; llegué hasta el tiranosaurio con todas las vidas, algo raro en mí jugando sola. Finalmente, cuando el enorme animal cayó, me pareció que comenzaba a salir de la pantalla, a cada segundo que pasaba aumentaba su tamaño, cayendo en dirección a donde yo estaba, miré hacia atrás para ver si alguien estaba siendo testigo de lo que sucedía y me di cuenta que el dinosaurio no salía del juego, sino que yo estaba dentro de éste; aun estaba sentada, pero no dentro del juego, sino en el jeep; cerré con fuerza los ojos y cuando los volví a abrir estaba en el juego nuevamente; me sentía algo aturdida, pero para nada asustada; desde un principio supe que era una especie de ilusión, entonces, mirando la pantalla del juego, dije:
         –Hubiera preferido que sucediera eso en “La casa de la muerte”, hubiera sido más divertido.–
         Como contestación a mi estupidez, se apagaron todas las luces del local, tuvimos que salir todos los que nos encontrábamos allí.
         Miré mi reloj, faltaban cinco minutos para las doce, a pesar del dolor que sentía en la pierna, el brazo y la cara, me sentía bien; faltaban cinco minutos para que todo terminara; había eludido las trampas que aquel fantasma me había puesto.
         Permanecí los siguientes diez minutos sentada en la puerta de los videojuegos sacoa. A las doce y cinco me dirigí a la parada del colectivo noventa y dos.
         Cuando llegó el colectivo, miré mi reloj y eran las doce y cuarto, cuando estuve a punto de subir tuve una sensación extraña; había algo que me decía que aún no debía hacerlo, me di vuelta y le pregunté a la mujer que estaba detrás de mí que hora era.
         –Las doce menos cuarto.– Me dijo.
         Me alejé del colectivo pero permanecí en la parada ¿Cómo me había dado cuenta? El fantasma en algún momento y de alguna manera, había adelantado mi reloj, haciéndome creer que eran más de las doce y que ya estaba a salvo.
         Pocos minutos después, pasó otro colectivo noventa y dos, el que tampoco tomé. En el momento en que el colectivo paró para que la gente subiera, se descolgó, al parecer por sí solo, el tubo del teléfono público que estaba junto a la parada. Me sobresalté por el ruido y cuando miré en esa dirección para ver que había sucedido, la voz del fantasma salió del tubo descolgado.
         –¡Subite al colectivo! ¡Es la única salida!–
         Siguió repitiendo estas palabras, mezcladas con toda clase de insultos, cada vez subía más la voz, hasta que comenzó a gritar desaforadamente. Miré a mi alrededor y me di cuenta que ninguna otra persona escuchaba lo que yo.
         Comencé a correr desesperada, en un intento de escapar de la voz fantasmal, pero ésta seguía atormentándome en mi cabeza; me detuve a dos cuadras del teléfono poseído por el fantasma, era inútil correr, sólo había dos salidas: Tomar el noventa y dos o esperar; obviamente, la primera significaría la muerte para mí, por lo que sólo me restaba esperar.
         Me quedé parada frente a la vidriera  de un negocio de electrodomésticos, justo frente a un televisor enorme, quién sabe de cuantas pulgadas. El televisor se encendió por si solo de repente y pude ver en la pantalla el rostro del fantasma, repitiéndome frases que tenían que ver con lo mismo.
         –Debiste haber subido a ese colectivo, es la única manera de escapar de mis tormentos.–
         –Yo no quiero morir y sé que subir a ese colectivo antes de las doce significará mi muerte.–
         –Pero tenés que pagar por tus errores ¿No podés entenderlo?–
         –Yo no sé lo que te sucedió cuando vivías, pero yo no tengo la culpa de tu muerte; si alguien cometió alguna vez el error de indicarte mal donde debías bajarte del colectivo noventa y dos y luego sufriste algún tipo de accidente, porque exactamente eso es lo que creo que sucedió, yo no tengo la culpa, cuando me lo preguntaste ya estabas muerto, no provoqué ningún daño con mi equivocación.–
         Cuando terminé de hablar, la pantalla del televisor se oscureció, hasta quedar apagado. Le pregunté la hora a una mujer que pasaba y me dijo que eran las doce en punto. Finalmente, todo había terminado.
         Comencé a caminar hacia la parada del colectivo, en el trayecto, le pregunté la hora a todas las personas que pasaban y todas me contestaron que eran más de las doce.
         Cuando estuve en la parada, antes de subir al colectivo, le pregunté a un hombre que estaba detrás de mí que hora era y me contestó que eran las doce y cuarto, entonces subí al colectivo; dormí durante todo el viaje, estaba muy cansada, y no era para menos, había tenido un día muy agitado.
         Cuando llegué a mi casa, fui al baño, me cambié de ropa y me fui a dormir; pocos minutos después de apoyar la cabeza en la almohada me quedé profundamente dormida, mi último pensamiento antes de sumirme en un profundo sueño, fue que jamás, en toda mi vida, volvería a subir a un colectivo de la línea noventa y dos un siete de abril, seguramente no me olvidaría de la fecha.



         Esa noche tuve un sueño que recuerdo a la perfección. Estaba en el colectivo noventa y dos, camino al shopping Alto Palermo, me puse de pie y me dirigí a la puerta trasera del transporte, un hombre, que en ese momento no reconocí, me preguntó si la siguiente era Santa Fe, yo le dije que sí, pero no estaba completamente segura de que así fuera, entonces, miré en el espejo redondo que se encontraba junto a la puerta trasera del colectivo, y descubrí que no era yo, inmediatamente después comencé a ver todo desde afuera y reconocí a aquel hombre, era el fantasma que había intentado asesinarme, pero estaba vivo. Tal como realmente sucedió, aquel hombre descendió del colectivo, pero yo descendí con él, aunque en realidad yo no me encontraba ahí, al menos no físicamente, era un sueño y observaba lo que sucedía desde fuera de la escena. El hombre comenzó a caminar, cuando llegó a la esquina, al darse cuenta que no se encontraba en la calle Santa Fe, comenzó a ponerse nervioso, miró su reloj, se le hacía tarde, intentó cruzar la calle corriendo pero vino un auto a toda velocidad que lo atropelló, dejándolo tendido en el medio de la calle, con heridas en todo el cuerpo, a los pocos minutos murió y el último pensamiento, antes de perder la vida, fue para aquella chica del colectivo; yo escuchaba sus pensamientos y lo último que paso por su cabeza, fue que esa chica le había mentido, y se juró a sí mismo, antes de morir, que no permitiría que nadie, jamás, volviera a cometer un error semejante.
         Luego, mi mente regresó al colectivo, esta vez era yo quien iba sentada, lo supe por el libro que tenía en mis manos, era el mismo que había estado leyendo en la realidad, me paré para dirigirme a la puerta trasera, pero esta vez ya sabía lo que iba a suceder, o al menos eso creí, porque escuché una voz de mujer que me llamaba por mi nombre desde atrás, cuando me volteé me quedé congelada por el asombro de lo que veía. La mujer que me había llamado, estaba cubierta de sangre, heridas por todo el cuerpo, incluso tenía una gran herida en la frente que dejaba al descubierto un pequeño trozo de cerebro.
         “Tiene que estar muerta.” Pensé.
         –Claro que estoy muerta– Me contestó en voz alta. –Ya hace cinco años que estoy muerta. Él me asesinó de la misma forma y por el mismo motivo que quiso matarte a vos.–
         Parecía muy joven, no aparentaba más de diecisiete años, me dio mucha pena verla así.
         –No sientas pena por mí– Me dijo, contestando nuevamente a mis pensamientos. –Yo ya estoy muerta y me encuentro bien donde estoy. Pero vos no, y por eso te ayudé, no podía permitir que siguiera asesinando.–
         Entonces comprendí, ella había estado conmigo todo el día anterior, desde que el fantasma me eligió para que fuera su víctima; ella me había dicho que no debía tomar el colectivo antes de las doce y me “la sensación de que no debía subir al colectivo”, en realidad era ella ayudándome, para que no me sucediera lo mismo.
         –Así es– Me dijo. –Entendiste perfectamente.–
         –Gracias.– Le dije.
         Me sonrió y luego desperté, como ya dije antes, recordaba todo el sueño a la perfección, y aunque eran las cinco de la mañana, me levanté de la cama, encendí la luz de mi dormitorio, tomé una lapicera, hojas de papel y comencé a escribir esto; ya son las diez de la mañana y me estoy muriendo de sueño, pero tengo que terminar, porque cuanto antes termine, antes llegará a las manos de quien podría ser la próxima víctima de aquel fantasma el año próximo, por eso aconsejo a quien en este momento esté leyendo mis palabras, que recuerde esta fecha por siempre: Siete de Abril; y que nunca en toda su vida, suba a un colectivo noventa y dos en esta fecha. Y si por casualidad estás leyendo esto, dentro de un colectivo noventa y dos, camino al shopping Alto Palermo y hoy es siete de abril, si te levantás, te dirigís a la puerta trasera del transporte y cuando estés ahí, un hombre te pregunta si la siguiente es Santa fe, no le contestes, porque aquel hombre puede ser el fantasma y aunque no pudo matarme a mí, quizás logre matarte a vos si te equivocas en tu respuesta.



FIN.

martes, 29 de enero de 2013

Huellas Ensangrentadas (Cuento)


Durante el día:

Eran las nueve de la mañana y ella regresaba a su casa, mientras caminaba pensaba en lo que había sucedido la noche anterior; hacía un tiempo que pensaba dejar a su novio, tenía casi treinta años y ya no quería una relación así, tenía que haber algo mejor para ella; así que se había dirigido a su casa para plantearle la situación, habían discutido durante horas, hasta que finalmente él lo había entendido pero ya era cerca de la medianoche e insistió en que ella se quedara, por supuesto que dormirían en habitaciones separadas, todo entre ellos ya había terminado; ella había aceptado y ahora todo estaba bien, él lo había entendido mucho mejor de lo que esperaba y mucho más rápidamente.
Mientras caminaba alguien la tomó del brazo y ella se sobresaltó.
–Los espejos no siempre reflejan lo que deberían.– Le dijo un hombre; luego la soltó y siguió caminando como si nada.
Ella permaneció unos segundos mirando, con el ceño fruncido, como el extraño se alejaba y luego continuó su camino pensando en lo raras que eran algunas personas.
En cuanto llegó a su casa se sorprendió de ver que la puerta estaba entreabierta ¿Habría alguien allí? Entró sin pensarlo dos veces y la puerta se cerró detrás de ella; trató de abrirla pero fue inútil, entonces escuchó la risa de un hombre fuera de la casa y el sonido de unos pasos corriendo; buscó las llaves en su abrigo pero no las encontró, debía haberlas olvidado en la casa de su ex novio.
Cuando se volteó, dándole la espalda a la puerta, se percató de que había sangre en el piso y las paredes; huellas ensangrentadas; en el suelo pisadas y gotas de sangre que iban hacia la escalera, en la pared marcas de manos; todo indicaba que una persona gravemente herida se había desplazado hacia el primer piso de la casa pero ¿quién? ¿y por qué? ¿por qué su casa? Tomó el tubo del teléfono para llamar a la policía pero no había tono; se dirigió hacia la escalera y comenzó a subir por ella, en los escalones y la baranda continuaba el rastro de sangre y llegaba hasta su dormitorio; la puerta estaba cerrada con llave, la golpeó con fuerza y preguntó si había alguien allí dentro pero nadie respondió; miró a su alrededor y encontró la llave tirada en el piso; la levantó, la colocó en la cerradura y abrió la puerta; había alguien acostado en la cama, una mujer, pero no podía verla bien porque las persianas estaban bajas y la luz apagada; la encendió y se acercó a la mujer, esperando que no estuviera muerta.
–¿Me oyes?– Preguntó pero no obtuvo respuesta.
Sin embargo, aún respiraba, aunque con dificultad; tenía su mismo color de pelo pero más corto y se preguntó si la conocía de alguna parte, no podía verle el rostro porque estaba boca abajo así que la volteó hacia ella.
–¡NO!– Exclamó cuando descubrió lo que jamás hubiera imaginado.


Durante la noche:

Caminaba por las calles apurando el paso; se había bajado de un taxi en la esquina de su casa y se dirigía hacia allí. Ya había pasado la medianoche y no le agradaba andar sola a esas horas.
Llegó a su casa y tomó las llaves de su bolsillo; le pareció escuchar un ruido detrás de ella y se volteó asustada pero no vio absolutamente nada; se apresuró a abrir la puerta y en cuanto lo hizo alguien le tapó la boca y la apuñaló por la espalda, luego la soltó y la empujó adentro de la casa, cerrando posteriormente la puerta con la llave que a ella se le había escapado de las manos; no pudo ver al hombre porque permaneció fuera de la casa, luego escuchó una risa y el ruido de unos pasos corriendo.
No sabía que hacer, estaba herida y perdía mucha sangre, el inmenso dolor no le permitía pensar con claridad; miró hacia la escalera y quiso dirigirse hacia allí; caminó sosteniéndose de la pared, dejando un rastro de sangre; subió por la escalera y entró en su dormitorio, se recostó en la cama boca abajo y entonces recordó el teléfono, se incorporó un poco y tomó el tubo que estaba sobre la mesita de luz pero no había tono; si permanecía allí moriría desangrada así que se propuso salir de la habitación, regresar a la planta baja de la casa para salir por alguna ventana, aunque le costara, aunque le doliera muchísimo, tenía que intentarlo porque no quería morir pero entonces volvió a escuchar la risa y posteriormente el sonido de la llave girando dentro de la cerradura, la habían dejado encerrada, intentó gritar pero no pudo, no podía emitir un solo sonido ¿Por qué estaba sucediéndole eso a ella? Si no le hacía mal a nadie ¿Quién podría querer matarla?
Regresó a la cama y se acostó, esperando la muerte ¿Qué hora sería? ¿La una? ¿Las dos de la mañana? Nadie aparecería en su casa a esa hora y ella ni siquiera podía gritar para que tal vez la escuchara algún vecino y telefoneara a la policía.
Pasó el tiempo y ella se sentía cada vez más débil; presionaba la sábana contra la herida pero de todas maneras la sangre continuaba manando y le dolía tanto.
En un momento se quedó dormida pensando en que finalmente terminaría su agonía pero luego la despertó una voz femenina que preguntaba desde el exterior de la habitación si había alguien adentro pero ella no podía responderle porque no le salía la voz; quería gritar que estaba encerrada y que por favor la ayudara pero le resultó completamente imposible ¿Por qué si veía y oía perfectamente no podía hablar? Parecía como si su propio cuerpo se hubiera rebelado; si la voz, que era lo que más necesitaba en ese momento, no la podía utilizar en absoluto.
Entonces escuchó el sonido de la llave girando dentro de la cerradura y posteriormente cómo se abría la puerta; luego vio las luces encendiéndose y escuchó los pasos que se le acercaban pero no podía moverse, estaba demasiado débil ya.
–¿Me oyes?– Preguntó la voz.
Pero ella no podía responderle.
Entonces sintió que posaban una mano en su brazo y la volteaban delicadamente.
–¡NO!– Exclamó la mujer cuando la vio.
Y ella se percató enseguida de la causa de su reacción; tenía ante sí a su vivo reflejo, era ella o una mujer idéntica a ella, sólo que con el cabello más largo y mucho más saludable.
La mujer, ella misma, comenzó a llorar y a preguntarse cómo era posible aquello; ella no podía llorar porque ya no le quedaba tiempo para lamentarse.
–Los espejos no siempre reflejan lo que deberían.– Dijo la mujer en un susurro.
Ella pensó que tenía razón, justo antes de morir pensó que tenía razón.



FIN
Mi idea para este blog es corregir y publicar de a poco los cuentos y novelas que escribí hace mucho, cuando apenas pasaba la adolescencia y tenía mucha más imaginación que ahora, tuve una época que escribí mucho y lo disfrutaba increíblemente  por eso después de varios años quisiera intentar recuperar el habito, mientras corrija y publique historias viejas quiero tratar de ir creando nuevas, veremos qué surge de esto.