Eran las doce del
mediodía y hacía veinte minutos que había comenzado a pasar a la computadora
parte del cuento que acababa de escribir a mano, me faltaba poco para terminar
de pasar la segunda parte y ansiaba imprimirla para dársela a mi amiga Cintia con
la intención de que la leyera. Aunque mi mamá siempre lee lo que escribo, nunca
le agradó el terror y supongo que lo hace un poco por curiosidad y otro poco
por conocer mi forma de escribir y corregirme cuando fuera necesario; pero
Cintia siempre me da su opinión y a veces me brinda buenas ideas, ya que se
encuentra en mi misma situación de escribir por puro jobi. Pensar en Cintia me
hizo recordar que ese día tenía un examen y creí que lo rendiría a las ocho de
la mañana, por lo que me preocupó que aún no me hubiera llamado para contarme
“la buena noticia”, llamé a la casa y me atendió la hermana, Celeste, cuando le
pregunté por Cintia, me dijo que aún no había llegado. Aproximadamente media
hora después sonó el teléfono y corrí a atenderlo.
–¿Hola?–
–¿Hola, Patricia?–
–¿Cómo andás Cintia?–
–Bien ¡APROVÉ!–
La felicité y pasó a detallarme todo
lo sucedido respecto al examen.
–¿Qué vas a hacer hoy?– Le pregunté.
–Hoy trabajo, entro a las ocho; si
querés nos encontramos a las seis, no creo que pueda antes.–
–Está bien, entonces nos vemos a las
seis en el Play Center del shopping.–
Me respondió afirmativamente y luego
nos despedimos.
Cintia trabaja en el Mc.Donald’s de
Alto Palermo, por lo que íbamos a encontrarnos allí antes de que ella entrara a
trabajar.
Salí de mi casa a las cinco y cuarto
(quince minutos tarde), tuve que esperar al colectivo durante más de diez
minutos, definitivamente iba a llegar tarde.
En el viaje iba leyendo un capítulo
del último libro de Stephen King, que me compré, cuando el colectivo dobló para
abandonar la calle Corrientes, cerré el libro para prestar más atención al
recorrido, cuando estuve a punto de llegar a mi destino me puse de pie y me
dirigí a la puerta trasera, eran las seis y media. Un hombre estaba parado
delante de mí.
–¿La siguiente es Santa Fe?– Me
preguntó.
–Sí.– Le contesté, dudando.
El colectivo estaba envuelto en un extraño
silencio y en cuanto le contesté a aquel hombre, varias personas me miraron
como si yo estuviera loca. ¿Qué tenía de extraño contestar esa pregunta?
Preocupada porque iba a llegar más de
media hora tarde, me olvidé del hombre que estaba parado delante de mí, por lo
que cuando el colectivo se detuvo en la parada, al notar que todavía no había
llegado a la calle Santa Fe, no descendí, pero no me di cuenta de que el hombre,
que momentos antes me había preguntado si esa calle era Santa Fe, era quien
había descendido del transporte, una parada antes de su destino.
Descendí
del colectivo en la parada correcta y comencé a caminar hacia el shopping.
Cuando llegué a la esquina, me detuve porque el semáforo estaba en rojo, me
sobresalté al escuchar una voz de hombre hablándome al oído.
–¡Me mentiste!–
Me volteé hacia él,
estaba mirándome a los ojos.
–¿Me está hablando a mí?–
–Por supuesto, mentirosa.–
–¿Lo conozco?–
–Lo suficiente como para mentirme tan
descaradamente.–
–¡Déjeme en paz!–
Comencé a cruzar la calle, notando que
la gente me miraba, pero no miraba al hombre que me molestaba.
–No debiste mentirme.–
Me seguía mientras yo caminaba.
–No me moleste más.–
–No pienso dejar de molestarte ¿Qué
vas a hacer al respecto? ¿Matarme?–
Seguí caminando sin contestarle,
apurando el paso. Continuó molestándome, repitiendo siempre lo mismo, hasta que
entré en el shopping. Dejé de escucharlo y cuando me volteé, él se había ido.
Sentí un enorme alivio, realmente me había asustado y no podía dejar de pensar
en lo que había dicho; supuse que estaba loco, pero de todas maneras no podía
dejar de pensar en sus acusaciones.
Me dirigí hacia el lugar acordado con
Cintia para encontrarnos, y ella ya estaba ahí, esperándome; la saludé y nos
dirigimos hacia el patio de comidas para tomar un café; mientras hablábamos
comencé a sentirme observada; miré hacia todos lados, entonces lo vi, en una
mesa cercana a la nuestra se encontraba el hombre que minutos antes me había
perseguido repitiendo que yo le había mentido. Yo ya le había contado a Cintia
lo sucedido, en cuanto nos encontramos, por lo que le dije que ese hombre era
quien había estado molestándome, Cintia me preguntó donde se encontraba y yo le
indiqué disimuladamente, ella se dio vuelta y me dijo que en esa mesa no había
nadie.
Recordé cómo me miraba la gente cuando
yo le decía algo a aquel hombre.
–¿En serio no ves a nadie?–
–No hay nadie ahí.–
Cuando volví a mirar él ya no se
encontraba ahí.
–Tenés razón, no hay nadie.–
Pensé que quizás había sido mi
imaginación, pero no creía que así fuera y eso me asustó bastante.
–Realmente me pareció verlo en esa
mesa.– Le dije a Cintia después de un rato.
–Quizás te lo imaginaste, quedaste
preocupada por lo que te pasó hace un rato y creíste verlo ahí, o quizás viste
a alguien parecido.–
–Sí, yo pensé lo mismo, pero no puedo
sacármelo de la cabeza.–
Después de un rato comenzamos a hablar
de otro tema y por el momento me olvidé de aquel hombre.
A las ocho menos cuarto abandonamos la
mesa y nos dirigimos a Mc.Donald’s, cinco minutos después entró a trabajar, nos
despedimos y quedamos en hablarnos por teléfono; salí del shopping y me dirigí
a la parada del colectivo noventa y dos, para regresar a mi casa. Llegué a la
parada y vino el colectivo, pero no lo tomé; por algún motivo decidí no subir
al colectivo aún, la sensación de que no debía hacerlo me provocó un
escalofrío.
“Hasta las doce.” Pensé. ¿Qué haría
hasta las doce?
Comencé a caminar por la calle Santa
Fe, no había recorrido ni media cuadra, cuando volvió a aparecer aquel hombre.
–¿Creías que ibas a librarte de mí tan
fácilmente?–
–No me moleste.– Le dije.
–Quiero que me digas por qué me mentiste.–
–No entiendo de que me habla.–
La gente me miraba cuando pasaba a mi
lado, pero el hombre que al parecer ellos no veían me preocupaba más que sus
miradas.
–En el colectivo, por tu culpa tuve
que bajar una parada antes.–
Entonces, recordé quien era aquel
hombre, él me había preguntado si la siguiente parada era Santa Fe, en el viaje
de ida hacia el shopping.
–No lo hice a propósito, yo creí que
era Santa Fe.–
–¿Por qué no me avisaste? Tenías que
bajar en Santa Fe también, pero no bajaste cuando bajé yo–
–No me di cuenta–
–Claro, todas ustedes son iguales,
siempre tan egoístas, pensando en ustedes mismas ¿En qué estabas pensando
cuando permitiste que bajara de ese colectivo? ¿En que llegabas tarde a
encontrarte con tu amiga?–
No respondí. No sabía que hacer, ya
tenía claro que el resto de la gente no podía verlo, por lo que no podía hacer
nada para sacármelo de encima ¿Sería un fantasma? Me parecía demasiado nítido
para ser un fantasma, aunque después de todo, yo nunca había visto uno.
–Voy a darte la oportunidad de enmendar tu
error, todo lo que tenés que hacer es ir a la parada del colectivo noventa y
dos, subir a uno y volver a tu casa.–
–No puedo hacer eso.–
–¿Por qué?–
–No lo sé, ya lo intenté, pero algo me
impide subir a ese colectivo.–
–Qué lástima, entonces tendré que
matarte de otra manera.–
Un escalofrío me recorrió todo el
cuerpo cuando escuché esas palabras y cuando me volteé hacia él, ya no estaba.
Sin saber qué hacer, comencé a caminar
de vuelta hacia el shopping, cuando llegué a la esquina, el semáforo estaba en
rojo por lo que esperé que cambiara, cuando se puso en verde comencé a cruzar,
no había caminado ni cinco pasos, cuando el semáforo cambió nuevamente, pero no
del verde al amarillo y luego al rojo, eso me hubiera dado la oportunidad de
correr, sino directamente del verde al rojo, los autos arrancaron y uno me
golpeó fuertemente en la pierna derecha, no tanto como para no poder caminar,
pero si lo suficiente como para provocarme un doloroso moretón; cuando llegué
al otro extremo de la calle me sentí aliviada por haber escapado de los autos;
asustada por lo que pudo haberme pasado; desorientada porque no entendía cómo
pudo haber pasado y con un fuerte dolor en la pierna. Decidí quedarme parada
donde estaba, en la esquina de Santa Fe y Bulnes, no quería que me sucediera nada
malo y me pareció que quedarme parada sería lo mejor, después de un rato
comencé a sentirme aburrida y cansada de estar parada, la pierna me palpitaba
de dolor y necesitaba sentarme, en cuanto comencé a moverme, algo pesado y
redondo me rozó fuertemente el brazo izquierdo, provocando seguramente otro enorme
moretón; desconcertada, miré hacia abajo para ver que me había golpeado; me
quedé atónita al ver en el piso, justo en el lugar donde estuve parada momentos
antes, una bola de pool, sino me hubiera movido, ésta me hubiera caído en la
cabeza; el dolor que sentía en el brazo me demostró que cayó a una gran
velocidad y eso que sólo me había rozado; me agaché para recogerla y observé
con terror que la baldosa estaba quebrada; cuando la tuve en mi mano, vi que
era la número siete. Me pregunté qué día era y me contesté a mi misma: Siete de
abril.
Estaba muy asustada, creí que aquel
hombre, quien yo ya había asumido que era un fantasma o algo parecido, estaba
provocando esos “accidentes”, decidí entrar nuevamente al shopping, me quedaría
ahí hasta las doce, justo cuando cerraban. Subí por la escalera mecánica y
mientras estaba en ella, primero comenzó a hacer un extraño ruido y luego se
detuvo, comencé a subir caminando, segundos después empezó a salir fuego de la
escalera, incendiándose, cuando el escalón de arriba estuvo envuelto en llamas,
el fuego comenzó a extenderse por el resto de la escalera, corrí hacia abajo,
intentando escapar del fuego, y lo conseguí sin sufrir ningún daño; en cuanto
abandoné la escalera el fuego se extinguió, pero igualmente se formó una
multitud en torno a ésta, para ver lo que estaba sucediendo, pero como ya había
pasado “lo más interesante”, la gente volvió a lo que hacía antes.
Miré el reloj, eran las nueve menos
cuarto, no sabía qué hacer, si las cosas seguían así, no iba a llegar viva a
las doce de la noche; en realidad, si las cosas seguían así, no sabía si iba a
sobrevivir al siguiente minuto.
Me dirigí hacia la escalera más
cercana y me senté; me dolía la pierna y el brazo; quería que todo terminara,
quería volver a mi casa, pero no podía arriesgarme a tomar un colectivo por el
momento. Decidí quedarme un rato ahí sentada, pensando qué podía hacer, cuando
volví a mirar el reloj ya eran las nueve y cuarto, en el momento que me puse de
pie para dirigirme a otro lugar, un hombre que traía un monitor de PC, venía
bajando las escaleras, tropezó, y el monitor se le escapó de entre las manos,
si yo no me hubiera corrido momentos antes, seguramente hubiera caído sobre mí
¿Qué sucedería a continuación? ¿Después de sufrir un grave accidente me
llevarían de urgencias al hospital Alvarez?
Comencé a caminar por el shopping sin
rumbo fijo. El vidrio de una vidriera se desprendió, cayendo al piso, a
centímetros de donde yo estaba, justo cuando me detuve para atarme los cordones
de las zapatillas, creo que no hace falta aclarar que si no me hubiera detenido
el vidrio hubiera caído sobre mí. Me alejé un poco de los vidrios rotos y me
quedé parada ahí, mirándolos, se me formó un nudo en la garganta y estuve a
punto de llorar; me sentía una estúpida, trataba de contener las lágrimas,
sabía que si comenzaba a llorar, lo siguiente que vendría sería un ataque de
histeria y no era el momento para que eso sucediera. Después de un rato logré
calmarme, me preguntaba por qué aún estaba viva si lo que él quería era
matarme; no entendía cómo era posible que me hubiera salvado de tantos
atentados de un fantasma, entonces se me ocurrió algo, y me vino a la mente
como si me lo hubieran dicho, y fue lo único que logró calmarme un poco; que
tal si la única forma en que podría matarme, sería en el colectivo noventa y
dos, quizás el único objeto de aquel acoso era asustarme, para que yo tomara el
colectivo, pero no lo haría, aunque no sabía por qué, pero sabía que hasta las
doce de la noche no debía subir a un colectivo noventa y dos, pude haber
viajado en subte hasta primera junta y ahí tomar un colectivo para ir a mi
casa, pero preferí no hacerlo, no me hubiera sentido segura en un transporte.
Fui hacia el baño, había
comenzado a llorar, a pesar de haberme calmado y quería lavarme la cara; entré
en el baño y mojé mi rostro, me miré en el espejo y en ese momento, éste
estalló en miles de pedazos, lo primero que atiné a hacer fue agacharme, cuando
todo se calmó, igualmente permanecí agachada durante más tiempo, no sé cuánto,
unos minutos supongo, me dolía el rostro en varios lugares, pasé mi mano por
una de mis mejillas y luego la llevé frente a mis ojos, estaba cubierta de
sangre. Abrí la canilla y lavé mi rostro, los cortes no eran muy profundos pero
eran varios y tardé bastante tiempo en lograr que la sangre se detuviera,
cuando creí lograrlo sequé mi rostro con toallas de papel, en las que pude ver
aún rastros de sangre, pero no me importaba. Miré mi reloj y eran las once de
la noche ¿Cómo pudo haber pasado tanto tiempo? Ya sólo faltaba una hora.
Estaba en el baño, observando los
pedazos de espejo roto que estaban esparcidos sobre el piso y dije:
–No voy a tomar ese colectivo.–
Inmediatamente, en respuesta a mis
palabras, la bombita de luz que estaba en el techo, se desprendió, estrellándose
contra el piso, a mi lado; me sobresalte y se me escapó un gritito de asombro y
temor, que creo, nadie escuchó.
–No importa lo que hagas.– Agregué.
Salí del baño, sintiéndome mejor por
lo que acababa de decirle al fantasma, sin duda me había escuchado, pero no me
pareció muy inteligente haberlo desafiado de esa manera, aunque no pudiera
hacer nada para matarme en donde yo estuviera.
Eran las once y cuarto, cuando un
guardia de seguridad se acercó a mí y me dijo que el shopping cerraría sus
puertas en cinco minutos; le contesté que ya me iba y me dirigí hacia la
salida. No me sentiría segura en la calle; tenía que ir a algún lugar,
entonces, decidí ir a sacoa a jugar a los videos para matar el tiempo. En el
trayecto hacia allí, nada extraño sucedió, afortunadamente. Jugué a varios
juegos antes de decidirme por “El mundo perdido: Jurasik Park”; es un juego con pantalla enorme y lugar para sentarse, está todo
cubierto (a mí me recuerda a una auto) y tiene cortinas a los costados, nadie
puede ver lo que sucede dentro del juego, excepto por el vidrio polarizado de
atrás. Pasé la tarjeta, tomé el arma y comencé a jugar; me pareció demasiado
sencillo; llegué hasta el tiranosaurio con todas las vidas, algo raro en mí
jugando sola. Finalmente, cuando el enorme animal cayó, me pareció que
comenzaba a salir de la pantalla, a cada segundo que pasaba aumentaba su
tamaño, cayendo en dirección a donde yo estaba, miré hacia atrás para ver si
alguien estaba siendo testigo de lo que sucedía y me di cuenta que el
dinosaurio no salía del juego, sino que yo estaba dentro de éste; aun estaba
sentada, pero no dentro del juego, sino en el jeep; cerré con fuerza los ojos y
cuando los volví a abrir estaba en el juego nuevamente; me sentía algo aturdida,
pero para nada asustada; desde un principio supe que era una especie de
ilusión, entonces, mirando la pantalla del juego, dije:
–Hubiera preferido que sucediera eso
en “La casa de la muerte”, hubiera sido más divertido.–
Como contestación a mi estupidez, se
apagaron todas las luces del local, tuvimos que salir todos los que nos
encontrábamos allí.
Miré mi reloj, faltaban cinco minutos
para las doce, a pesar del dolor que sentía en la pierna, el brazo y la cara,
me sentía bien; faltaban cinco minutos para que todo terminara; había eludido
las trampas que aquel fantasma me había puesto.
Permanecí los siguientes diez minutos
sentada en la puerta de los videojuegos sacoa. A las doce y cinco me dirigí a la
parada del colectivo noventa y dos.
Cuando llegó el colectivo, miré mi
reloj y eran las doce y cuarto, cuando estuve a punto de subir tuve una
sensación extraña; había algo que me decía que aún no debía hacerlo, me di
vuelta y le pregunté a la mujer que estaba detrás de mí que hora era.
–Las doce menos cuarto.– Me dijo.
Me alejé del colectivo pero permanecí
en la parada ¿Cómo me había dado cuenta? El fantasma en algún momento y de
alguna manera, había adelantado mi reloj, haciéndome creer que eran más de las
doce y que ya estaba a salvo.
Pocos minutos después, pasó otro
colectivo noventa y dos, el que tampoco tomé. En el momento en que el colectivo
paró para que la gente subiera, se descolgó, al parecer por sí solo, el tubo
del teléfono público que estaba junto a la parada. Me sobresalté por el ruido y
cuando miré en esa dirección para ver que había sucedido, la voz del fantasma
salió del tubo descolgado.
–¡Subite al colectivo! ¡Es la única
salida!–
Siguió repitiendo estas palabras,
mezcladas con toda clase de insultos, cada vez subía más la voz, hasta que
comenzó a gritar desaforadamente. Miré a mi alrededor y me di cuenta que
ninguna otra persona escuchaba lo que yo.
Comencé a correr desesperada, en un
intento de escapar de la voz fantasmal, pero ésta seguía atormentándome en mi
cabeza; me detuve a dos cuadras del teléfono poseído por el fantasma, era
inútil correr, sólo había dos salidas: Tomar el noventa y dos o esperar;
obviamente, la primera significaría la muerte para mí, por lo que sólo me
restaba esperar.
Me quedé parada frente a la vidriera
de un negocio de electrodomésticos, justo frente a un televisor enorme,
quién sabe de cuantas pulgadas. El televisor se encendió por si solo de repente
y pude ver en la pantalla el rostro del fantasma, repitiéndome frases que
tenían que ver con lo mismo.
–Debiste haber subido a ese colectivo,
es la única manera de escapar de mis tormentos.–
–Yo no quiero morir y sé que subir a ese
colectivo antes de las doce significará mi muerte.–
–Pero tenés que pagar por tus errores
¿No podés entenderlo?–
–Yo no sé lo que te sucedió cuando
vivías, pero yo no tengo la culpa de tu muerte; si alguien cometió alguna vez
el error de indicarte mal donde debías bajarte del colectivo noventa y dos y
luego sufriste algún tipo de accidente, porque exactamente eso es lo que creo
que sucedió, yo no tengo la culpa, cuando me lo preguntaste ya estabas muerto,
no provoqué ningún daño con mi equivocación.–
Cuando terminé de hablar, la pantalla
del televisor se oscureció, hasta quedar apagado. Le pregunté la hora a una
mujer que pasaba y me dijo que eran las doce en punto. Finalmente, todo había
terminado.
Comencé a caminar hacia la parada del
colectivo, en el trayecto, le pregunté la hora a todas las personas que pasaban
y todas me contestaron que eran más de las doce.
Cuando estuve en la parada, antes de
subir al colectivo, le pregunté a un hombre que estaba detrás de mí que hora
era y me contestó que eran las doce y cuarto, entonces subí al colectivo; dormí
durante todo el viaje, estaba muy cansada, y no era para menos, había tenido un
día muy agitado.
Cuando llegué a mi casa, fui al baño,
me cambié de ropa y me fui a dormir; pocos minutos después de apoyar la cabeza
en la almohada me quedé profundamente dormida, mi último pensamiento antes de
sumirme en un profundo sueño, fue que jamás, en toda mi vida, volvería a subir
a un colectivo de la línea noventa y dos un siete de abril, seguramente no me
olvidaría de la fecha.
Esa
noche tuve un sueño que recuerdo a la perfección. Estaba en el colectivo
noventa y dos, camino al shopping Alto Palermo, me puse de pie y me dirigí a la
puerta trasera del transporte, un hombre, que en ese momento no reconocí, me
preguntó si la siguiente era Santa Fe, yo le dije que sí, pero no estaba
completamente segura de que así fuera, entonces, miré en el espejo redondo que
se encontraba junto a la puerta trasera del colectivo, y descubrí que no era
yo, inmediatamente después comencé a ver todo desde afuera y reconocí a aquel
hombre, era el fantasma que había intentado asesinarme, pero estaba vivo. Tal
como realmente sucedió, aquel hombre descendió del colectivo, pero yo descendí
con él, aunque en realidad yo no me encontraba ahí, al menos no físicamente,
era un sueño y observaba lo que sucedía desde fuera de la escena. El hombre
comenzó a caminar, cuando llegó a la esquina, al darse cuenta que no se
encontraba en la calle Santa Fe, comenzó a ponerse nervioso, miró su reloj, se
le hacía tarde, intentó cruzar la calle corriendo pero vino un auto a toda
velocidad que lo atropelló, dejándolo tendido en el medio de la calle, con
heridas en todo el cuerpo, a los pocos minutos murió y el último pensamiento,
antes de perder la vida, fue para aquella chica del colectivo; yo escuchaba sus
pensamientos y lo último que paso por su cabeza, fue que esa chica le había
mentido, y se juró a sí mismo, antes de morir, que no permitiría que nadie,
jamás, volviera a cometer un error semejante.
Luego, mi mente regresó al colectivo,
esta vez era yo quien iba sentada, lo supe por el libro que tenía en mis manos,
era el mismo que había estado leyendo en la realidad, me paré para dirigirme a
la puerta trasera, pero esta vez ya sabía lo que iba a suceder, o al menos eso
creí, porque escuché una voz de mujer que me llamaba por mi nombre desde atrás,
cuando me volteé me quedé congelada por el asombro de lo que veía. La mujer que
me había llamado, estaba cubierta de sangre, heridas por todo el cuerpo,
incluso tenía una gran herida en la frente que dejaba al descubierto un pequeño
trozo de cerebro.
“Tiene que estar muerta.” Pensé.
–Claro que estoy muerta– Me contestó
en voz alta. –Ya hace cinco años que estoy muerta. Él me asesinó de la misma
forma y por el mismo motivo que quiso matarte a vos.–
Parecía muy joven, no aparentaba más
de diecisiete años, me dio mucha pena verla así.
–No sientas pena por mí– Me dijo,
contestando nuevamente a mis pensamientos. –Yo ya estoy muerta y me encuentro
bien donde estoy. Pero vos no, y por eso te ayudé, no podía permitir que
siguiera asesinando.–
Entonces comprendí, ella había estado
conmigo todo el día anterior, desde que el fantasma me eligió para que fuera su
víctima; ella me había dicho que no debía tomar el colectivo antes de las doce
y me “la sensación de que no debía subir al colectivo”, en realidad era ella
ayudándome, para que no me sucediera lo mismo.
–Así es– Me dijo. –Entendiste
perfectamente.–
–Gracias.– Le dije.
Me sonrió y luego desperté, como ya
dije antes, recordaba todo el sueño a la perfección, y aunque eran las cinco de
la mañana, me levanté de la cama, encendí la luz de mi dormitorio, tomé una
lapicera, hojas de papel y comencé a escribir esto; ya son las diez de la
mañana y me estoy muriendo de sueño, pero tengo que terminar, porque cuanto
antes termine, antes llegará a las manos de quien podría ser la próxima víctima
de aquel fantasma el año próximo, por eso aconsejo a quien en este momento esté
leyendo mis palabras, que recuerde esta fecha por siempre: Siete de Abril; y
que nunca en toda su vida, suba a un colectivo noventa y dos en esta fecha. Y
si por casualidad estás leyendo esto, dentro de un colectivo noventa y dos,
camino al shopping Alto Palermo y hoy es siete de abril, si te levantás, te dirigís
a la puerta trasera del transporte y cuando estés ahí, un hombre te pregunta si
la siguiente es Santa fe, no le contestes, porque aquel hombre puede ser el
fantasma y aunque no pudo matarme a mí, quizás logre matarte a vos si te
equivocas en tu respuesta.
FIN.