jueves, 31 de enero de 2013

El Sobre de Azúcar (Cuento)


         Sabrina estaba en un bar esperando a Julieta, su mejor amiga en el mundo; tenían veinticinco años y se habían conocido después de egresar del colegio secundario, siete años atrás; tenían tanto en común y tanpoco tiempo para compartir (ya que ambas estudiaban y trabajaban) que decidieron, un año atrás, encontrarse todos los viernes a las ocho en un bar, pasara lo que pasase, desde entonces, todos los viernes allí estuvieron, y ahora, como todo viernes, Sabrina esperaba a Julieta (quien siempre llegaba quince minutos tarde), sin saber que su amiga le guardaba un secreto desde hacía mucho tiempo, a ella, su mejor amiga en el mundo.
         En cuanto Julieta llegó al bar, saludó a su amiga con un beso en la mejilla y tomó asiento frente a ella, luego se disculpó por la tardanza y Sabrina aceptó las disculpas; entonces, llamaron al mozo y pidieron dos cafés con medialunas, cuando éste les entregó el pedido, Julieta observó horrorizada que algo se movía en el interior de uno de los sobres de azúcar, y peor aún; el mozo colocó ese sobre (entre otros dos) junto a la taza de su amiga; Sabrina tomó uno de estos, lo abrió y vertió el azúcar dentro del pocillo de café, luego otro, y cuando tomó el tercero Julieta se lo arrebató de su mano; algo se había estado moviendo en el interior del sobre de azúcar todo el tiempo y Sabrina no se había dado cuenta.
         –Te lo cambio.– Dijo Julieta y le entregó otro sobre a Sabrina.
         –Pero... ¿Por qué? ¿Qué tiene ese sobre de azúcar?–
         –Nada Sabrina, sólo quise cambiártelo.– Dijo Julieta, guardando el sobre en la cartera.
         –¿No lo vas a usar?–
         –No, con dos es suficiente.–
         –Entonces dámelo, yo quiero cuatro.–
         –Es que quiero guardármelo de recuerdo, si querés llamo al mozo y le pedís otro.–
         –No, está bien, no te hagas problema.– Dijo Sabrina, frunciendo el ceño.
         –El sobre no tiene nada Sabrina, solamente quiero guardármelo como recuerdo, creéme.–
         –Te creo, me pareció un poco raro nada más, pero te creo, sos mi mejor amiga, si no confío en vos en quién voy a confiar.–
         Estuvieron en el bar hasta las diez y cuarto de la noche, como todos los viernes; salieron de allí y fueron hacia la esquina, donde se separaron para dirigirse cada una por su lado.
         En cuanto Julieta llegó a su departamento, abrió la cartera y sacó el sobre de azúcar, lo miró fijamente y volvió a ver que algo se movía en su interior.
         –¿Por qué lo hiciste?– Le preguntó al sobre. –Querías que te viera ¿No es cierto? ¿Acaso no entiendes que no puedo permitirlo?–
         –Ya llevaste esto demasiado lejos– Dijo una voz aguda proveniente del sobre de azúcar. –Deberías escucharme.–
         –No pienso sacarte de allí, tendrás que arreglártelas vos sola.–
         –Eso no me importa, sabés que puedo salir ¿Cómo creés que entré sino? Además, no fue la única razón terminar con lo de tu amiga, también tenía hambre y ese azúcar estaba realmente delicioso.–
         –No digas tonterías, sabés que tenemos azúcar aquí en la casa.–
         –Entonces dame un poco, porque este sobre ya está vacío.–
         Acto seguido, el sobre comenzó a romperse desde adentro y salió una pequeña criatura alada; a simple vista, podría ser confundida con una mariposita blanca, pero viéndola mejor cualquiera se daría cuenta que tenía cuerpo de mujer; una pequeña mujer de dos centímetros de alto, de cabello rubio, apenas ondulado y largo hasta la cintura; llevaba puesto un vestido blanco, largo hasta los tobillos y ajustado al cuerpo; sus ojos, completamente azules, daban la impresión de estar contemplando el mar si se los observaba durante un rato; y sus alas, como de mariposa, totalmente blancas, al igual que su vestido; su pálida piel apenas difería con la blancura de su atuendo y alas.
         Julieta tenía un secreto y hacía cuatro años que lo guardaba; el día que cumplió veintiún años gran parte de su vida cambió, esa noche, una risita la despertó y luego escuchó una voz aguda que la llamaba por su nombre, entonces la vio, la pequeña mujer alada estaba frente a su rostro; así conoció a Leticia. Julieta palideció, pero la pequeña mujer colocó una manito en su frente y ella lo entendió todo; entendió que era una persona especial, elegida para ayudar a cumplir la voluntad de Dios, la que no se cumpliría si determinadas personas morían, de esas personas dependía el futuro de la humanidad y “algo” intentaba acabar con sus vidas desde hacía mucho tiempo; ella, al igual que muchas personas, habían sido elegidas para evitarlo; cuando esas personas importantes para el futuro, eran víctimas de esa criatura demoniaca, ésta les robaba la fuerza vital y en poco tiempo morían si no aparecía alguien como Julieta, a quien se le había asignado esa víctima para que la llenara de vida; ya habían sido tocadas por el mal y la energía de los elegidos sólo permanecía en sus cuerpos durante siete días, por lo que todas las semanas, el mismo día, a la misma hora, el elegido se debía encontrar con la persona que le fue asignada y pasar dos horas con ella, hablando como amigos, contándose algunas de sus cosas; durante esas dos horas, aquella persona importante para el futuro de la humanidad volvía a llenarse de vida, sin percatarse de nada, ni siquiera de que estaba a punto de morir si semana tras semana no se cumplía la cita, simplemente no recordaba que había sido atacada por la bestia, y sentía que aquella persona, con la que se reunía una vez por semana, el mismo día a la misma hora, era realmente su amiga, por supuesto que así era, a los elegidos se les asignaba gente con las que seguramente congeniarían y por los que terminaban sintiendo mucho aprecio; pero la bestia no asesinaba sólo personas importantes, cuando cualquier ser humano se atravesaba en su camino, era su víctima, le robaba su fuerza vital de la misma manera que a los otros.          
         Eso fue lo que le sucedió a Sabrina cuando tenía veinticuatro años, justo unos días antes de decidir encontrarse con su amiga, todos los viernes a las ocho de la noche en un bar; lo cierto es que Julieta, sólo realizaba el trabajo de elegida dos horas todos los días, más precisamente de ocho y cuarto a diez y cuarto de la noche; en un principio le fue asignada una sola persona, luego otra y luego otra, hasta que en esas dos horas sólo le quedó un día libre, los viernes.
         Ya hacía más de un año que Julieta había visto como la bestia atentaba contra la vida de Sabrina, y si ella no hubiera estado cerca para ayudarla, quebrantando las reglas ya que Sabrina no le había sido asignada ni a ella ni a nadie, su mejor amiga hubiera muerto y ella no podía permitirlo; así fue como comenzó la rutina de los viernes, pero Leticia, su pequeña consejera y ayudante, no estaba muy contenta con esto; ella era la encargada de trasmitirle a Julieta quiénes eran las personas que le habían sido asignadas, y cuando y donde las encontraría, era la encargada de ayudarla y aconsejarla cuando lo necesitara, pero Julieta no estaba escuchando sus consejos, por eso Leticia se había metido en el sobre de azúcar, si Sabrina la veía, Julieta ya no podría seguir ayudándola, ya no tendría el poder para hacerlo, por que quienes veían a los consejeros no podían ser ayudados por quienes recibían los consejos de estos; pero no le había funcionado, Sabrina no la había visto porque Julieta lo había impedido; en poco tiempo le asignarían otra persona, Leticia lo presentía, y el único día que le quedaba para ayudar era el viernes, pero utilizaba su tiempo con Sabrina, desperdiciaba su tiempo con Sabrina, alguien que no le había sido asignada; si Julieta seguía rompiendo las reglas, dejaría de ser una elegida y su consejera, su ayudante; moriría.
         Unos días después del incidente del sobre de azúcar, Sabrina llamó a Julieta por teléfono.
         –Renuncié a mi trabajo.– Le dijo.
         –Pero... ¿Por qué? ¿Ahora qué vas a hacer?–
         –Renuncié por que me hicieron una oferta mucho mejor, jamás imaginarías cómo conocí a mi jefe, algún día te lo voy a contar.–
         –Me alegro por vos, te felicito.–
         –El único problema es el horario, voy a salir tarde, y los viernes, no vamos a poder encontrarnos a las ocho.–
         –¿Qué? ¡No! ¡No puede ser!– Dijo Julieta y el corazón le dio un vuelco cuando se percató de que podría perder a su mejor amiga.
         Discutieron durante un rato y Sabrina terminó cortando la comunicación, ofendida.
         –¿Qué hiciste Leticia?– Le preguntó a su pequeña consejera, con lágrimas en los ojos.
         La pequeña mujer alada no contestó.
         Julieta iba a decir algo más, pero justo se escuchó el sonido del timbre de la puerta.
         Julieta se secó las lágrimas con un pañuelo de papel y luego se dirigió a abrir.
         –¿Sí?– Dijo, frunciendo el ceño, en cuanto vio a un hombre desconocido en su puerta.
         –Vos debes ser Julieta. Hola, yo soy Javier, el nuevo jefe de Sabrina.–
         –¿Qué?– Preguntó ella, confundida.
         –Necesito hablar con vos, pero antes de que me dejes entrar creo que va a ser necesario que te presente a alguien.–
         Acto seguido, abrió su saco y del bolsillo interior salió un hombrecito alado.
         –Él es Néstor– Dijo Javier. –¿Podemos entrar ahora?–
         –Claro, pasen.– Dijo ella y comenzó a entenderlo todo.
         –No creo necesario decirte que Sabrina va a estar bien, yo voy a ayudarla de ahora en adelante.–
         –Entonces, ella es una persona importante para el futuro de la humanidad, por eso te la asignaron.–
         –¿Qué?– Preguntó Javier, frunciendo el ceño.
         Julieta sonrió.
         Al fin había comprendido que todos los seres humanos son importantes para el futuro de la humanidad hasta que les llega la hora, lo cuál sólo puede ser decidido por Dios; todas las víctimas de la bestia eran salvadas por elegidos, y Julieta, en su afán de salvar a su amiga, quien, a los ojos de Dios, era tan importante como lo era para ella, estaba evitando que Javier hiciera su trabajo; pero afortunadamente, Leticia conocía a Néstor y le había pedido ayuda; entonces, todo se solucionó y Julieta pudo salvar ese viernes a la víctima de la bestia, pudo ayudar a la persona que le había sido asignada.


FIN.

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