Sabrina
estaba en un bar esperando a Julieta, su mejor amiga en el mundo; tenían
veinticinco años y se habían conocido después de egresar del colegio
secundario, siete años atrás; tenían tanto en común y tanpoco tiempo para compartir
(ya que ambas estudiaban y trabajaban) que decidieron, un año atrás,
encontrarse todos los viernes a las ocho en un bar, pasara lo que pasase, desde
entonces, todos los viernes allí estuvieron, y ahora, como todo viernes,
Sabrina esperaba a Julieta (quien siempre llegaba quince minutos tarde), sin
saber que su amiga le guardaba un secreto desde hacía mucho tiempo, a ella, su
mejor amiga en el mundo.
En cuanto Julieta llegó al bar, saludó
a su amiga con un beso en la mejilla y tomó asiento frente a ella, luego se
disculpó por la tardanza y Sabrina aceptó las disculpas; entonces, llamaron al
mozo y pidieron dos cafés con medialunas, cuando éste les entregó el pedido,
Julieta observó horrorizada que algo se movía en el interior de uno de los sobres
de azúcar, y peor aún; el mozo colocó ese sobre (entre otros dos) junto a la
taza de su amiga; Sabrina tomó uno de estos, lo abrió y vertió el azúcar dentro
del pocillo de café, luego otro, y cuando tomó el tercero Julieta se lo
arrebató de su mano; algo se había estado moviendo en el interior del sobre de
azúcar todo el tiempo y Sabrina no se había dado cuenta.
–Te lo cambio.– Dijo Julieta y le
entregó otro sobre a Sabrina.
–Pero... ¿Por qué? ¿Qué tiene ese
sobre de azúcar?–
–Nada Sabrina, sólo quise cambiártelo.– Dijo
Julieta, guardando el sobre en la cartera.
–¿No lo vas a usar?–
–No, con dos es suficiente.–
–Entonces dámelo, yo quiero cuatro.–
–Es que quiero guardármelo de
recuerdo, si querés llamo al mozo y le pedís otro.–
–No, está bien, no te hagas problema.–
Dijo Sabrina, frunciendo el ceño.
–El sobre no tiene nada Sabrina,
solamente quiero guardármelo como recuerdo, creéme.–
–Te creo, me pareció un poco raro nada
más, pero te creo, sos mi mejor amiga, si no confío en vos en quién voy a
confiar.–
Estuvieron en el bar hasta las diez y
cuarto de la noche, como todos los viernes; salieron de allí y fueron hacia la
esquina, donde se separaron para dirigirse cada una por su lado.
En cuanto Julieta llegó a su
departamento, abrió la cartera y sacó el sobre de azúcar, lo miró fijamente y
volvió a ver que algo se movía en su interior.
–¿Por qué lo hiciste?– Le preguntó al
sobre. –Querías que te viera ¿No es cierto? ¿Acaso no entiendes que no puedo
permitirlo?–
–Ya llevaste esto demasiado lejos–
Dijo una voz aguda proveniente del sobre de azúcar. –Deberías escucharme.–
–No pienso sacarte de allí, tendrás
que arreglártelas vos sola.–
–Eso no me importa, sabés que puedo
salir ¿Cómo creés que entré sino? Además, no fue la única razón terminar con lo
de tu amiga, también tenía hambre y ese azúcar estaba realmente delicioso.–
–No digas tonterías, sabés que tenemos
azúcar aquí en la casa.–
–Entonces dame un poco, porque este
sobre ya está vacío.–
Acto seguido, el sobre comenzó a
romperse desde adentro y salió una pequeña criatura alada; a simple vista,
podría ser confundida con una mariposita blanca, pero viéndola mejor cualquiera
se daría cuenta que tenía cuerpo de mujer; una pequeña mujer de dos centímetros
de alto, de cabello rubio, apenas ondulado y largo hasta la cintura; llevaba
puesto un vestido blanco, largo hasta los tobillos y ajustado al cuerpo; sus
ojos, completamente azules, daban la impresión de estar contemplando el mar si
se los observaba durante un rato; y sus alas, como de mariposa, totalmente
blancas, al igual que su vestido; su pálida piel apenas difería con la blancura
de su atuendo y alas.
Julieta tenía un secreto y hacía
cuatro años que lo guardaba; el día que cumplió veintiún años gran parte de su
vida cambió, esa noche, una risita la despertó y luego escuchó una voz aguda
que la llamaba por su nombre, entonces la vio, la pequeña mujer alada estaba
frente a su rostro; así conoció a Leticia. Julieta palideció, pero la pequeña
mujer colocó una manito en su frente y ella lo entendió todo; entendió que era
una persona especial, elegida para ayudar a cumplir la voluntad de Dios, la que
no se cumpliría si determinadas personas morían, de esas personas dependía el
futuro de la humanidad y “algo” intentaba acabar con sus vidas desde hacía
mucho tiempo; ella, al igual que muchas personas, habían sido elegidas para
evitarlo; cuando esas personas importantes para el futuro, eran víctimas de esa
criatura demoniaca, ésta les robaba la fuerza vital y en poco tiempo morían si
no aparecía alguien como Julieta, a quien se le había asignado esa víctima para
que la llenara de vida; ya habían sido tocadas por el mal y la energía de los
elegidos sólo permanecía en sus cuerpos durante siete días, por lo que todas
las semanas, el mismo día, a la misma hora, el elegido se debía encontrar con
la persona que le fue asignada y pasar dos horas con ella, hablando como
amigos, contándose algunas de sus cosas; durante esas dos horas, aquella
persona importante para el futuro de la humanidad volvía a llenarse de vida,
sin percatarse de nada, ni siquiera de que estaba a punto de morir si semana
tras semana no se cumplía la cita, simplemente no recordaba que había sido
atacada por la bestia, y sentía que aquella persona, con la que se reunía una
vez por semana, el mismo día a la misma hora, era realmente su amiga, por
supuesto que así era, a los elegidos se les asignaba gente con las que
seguramente congeniarían y por los que terminaban sintiendo mucho aprecio; pero
la bestia no asesinaba sólo personas importantes, cuando cualquier ser humano
se atravesaba en su camino, era su víctima, le robaba su fuerza vital de la
misma manera que a los otros.
Eso fue lo que le sucedió a Sabrina
cuando tenía veinticuatro años, justo unos días antes de decidir encontrarse
con su amiga, todos los viernes a las ocho de la noche en un bar; lo cierto es
que Julieta, sólo realizaba el trabajo de elegida dos horas todos los días, más
precisamente de ocho y cuarto a diez y cuarto de la noche; en un principio le
fue asignada una sola persona, luego otra y luego otra, hasta que en esas dos
horas sólo le quedó un día libre, los viernes.
Ya hacía más de un año que Julieta
había visto como la bestia atentaba contra la vida de Sabrina, y si ella no
hubiera estado cerca para ayudarla, quebrantando las reglas ya que Sabrina no
le había sido asignada ni a ella ni a nadie, su mejor amiga hubiera muerto y
ella no podía permitirlo; así fue como comenzó la rutina de los viernes, pero
Leticia, su pequeña consejera y ayudante, no estaba muy contenta con esto; ella
era la encargada de trasmitirle a Julieta quiénes eran las personas que le
habían sido asignadas, y cuando y donde las encontraría, era la encargada de
ayudarla y aconsejarla cuando lo necesitara, pero Julieta no estaba escuchando
sus consejos, por eso Leticia se había metido en el sobre de azúcar, si Sabrina
la veía, Julieta ya no podría seguir ayudándola, ya no tendría el poder para
hacerlo, por que quienes veían a los consejeros no podían ser ayudados por
quienes recibían los consejos de estos; pero no le había funcionado, Sabrina no
la había visto porque Julieta lo había impedido; en poco tiempo le asignarían
otra persona, Leticia lo presentía, y el único día que le quedaba para ayudar
era el viernes, pero utilizaba su tiempo con Sabrina, desperdiciaba su tiempo
con Sabrina, alguien que no le había sido asignada; si Julieta seguía rompiendo
las reglas, dejaría de ser una elegida y su consejera, su ayudante; moriría.
Unos días después del incidente del
sobre de azúcar, Sabrina llamó a Julieta por teléfono.
–Renuncié a mi trabajo.– Le dijo.
–Pero... ¿Por qué? ¿Ahora qué vas a
hacer?–
–Renuncié por que me hicieron una
oferta mucho mejor, jamás imaginarías cómo conocí a mi jefe, algún día te lo
voy a contar.–
–Me alegro por vos, te felicito.–
–El único problema es el horario, voy
a salir tarde, y los viernes, no vamos a poder encontrarnos a las ocho.–
–¿Qué? ¡No! ¡No puede ser!– Dijo
Julieta y el corazón le dio un vuelco cuando se percató de que podría perder a
su mejor amiga.
Discutieron durante un rato y Sabrina
terminó cortando la comunicación, ofendida.
–¿Qué hiciste Leticia?– Le preguntó a
su pequeña consejera, con lágrimas en los ojos.
La pequeña mujer alada no contestó.
Julieta iba a decir algo más, pero
justo se escuchó el sonido del timbre de la puerta.
Julieta se secó las lágrimas con un
pañuelo de papel y luego se dirigió a abrir.
–¿Sí?– Dijo, frunciendo el ceño, en
cuanto vio a un hombre desconocido en su puerta.
–Vos debes ser Julieta. Hola, yo soy
Javier, el nuevo jefe de Sabrina.–
–¿Qué?– Preguntó ella, confundida.
–Necesito hablar con vos, pero antes
de que me dejes entrar creo que va a ser necesario que te presente a alguien.–
Acto seguido, abrió su saco y del
bolsillo interior salió un hombrecito alado.
–Él es Néstor– Dijo Javier. –¿Podemos
entrar ahora?–
–Claro, pasen.– Dijo ella y comenzó a
entenderlo todo.
–No creo necesario decirte que Sabrina
va a estar bien, yo voy a ayudarla de ahora en adelante.–
–Entonces, ella es una persona
importante para el futuro de la humanidad, por eso te la asignaron.–
–¿Qué?– Preguntó Javier, frunciendo el
ceño.
Julieta sonrió.
Al fin había comprendido que todos los
seres humanos son importantes para el futuro de la humanidad hasta que les
llega la hora, lo cuál sólo puede ser decidido por Dios; todas las víctimas de
la bestia eran salvadas por elegidos, y Julieta, en su afán de salvar a su
amiga, quien, a los ojos de Dios, era tan importante como lo era para ella,
estaba evitando que Javier hiciera su trabajo; pero afortunadamente, Leticia
conocía a Néstor y le había pedido ayuda; entonces, todo se solucionó y Julieta
pudo salvar ese viernes a la víctima de la bestia, pudo ayudar a la persona que
le había sido asignada.
FIN.
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