Durante
el día:
Eran las nueve de la mañana y ella
regresaba a su casa, mientras caminaba pensaba en lo que había sucedido la
noche anterior; hacía un tiempo que pensaba dejar a su novio, tenía casi
treinta años y ya no quería una relación así, tenía que haber algo mejor para
ella; así que se había dirigido a su casa para plantearle la situación, habían
discutido durante horas, hasta que finalmente él lo había entendido pero ya era
cerca de la medianoche e insistió en que ella se quedara, por supuesto que
dormirían en habitaciones separadas, todo entre ellos ya había terminado; ella
había aceptado y ahora todo estaba bien, él lo había entendido mucho mejor de
lo que esperaba y mucho más rápidamente.
Mientras caminaba alguien la tomó del
brazo y ella se sobresaltó.
–Los espejos no siempre reflejan lo
que deberían.– Le dijo un hombre; luego la soltó y siguió caminando como si
nada.
Ella permaneció unos segundos
mirando, con el ceño fruncido, como el extraño se alejaba y luego continuó su
camino pensando en lo raras que eran algunas personas.
En cuanto llegó a su casa se
sorprendió de ver que la puerta estaba entreabierta ¿Habría alguien allí? Entró
sin pensarlo dos veces y la puerta se cerró detrás de ella; trató de abrirla
pero fue inútil, entonces escuchó la risa de un hombre fuera de la casa y el
sonido de unos pasos corriendo; buscó las llaves en su abrigo pero no las
encontró, debía haberlas olvidado en la casa de su ex novio.
Cuando se volteó, dándole la espalda
a la puerta, se percató de que había sangre en el piso y las paredes; huellas
ensangrentadas; en el suelo pisadas y gotas de sangre que iban hacia la
escalera, en la pared marcas de manos; todo indicaba que una persona gravemente
herida se había desplazado hacia el primer piso de la casa pero ¿quién? ¿y por
qué? ¿por qué su casa? Tomó el tubo del teléfono para llamar a la policía pero
no había tono; se dirigió hacia la escalera y comenzó a subir por ella, en los
escalones y la baranda continuaba el rastro de sangre y llegaba hasta su
dormitorio; la puerta estaba cerrada con llave, la golpeó con fuerza y preguntó
si había alguien allí dentro pero nadie respondió; miró a su alrededor y
encontró la llave tirada en el piso; la levantó, la colocó en la cerradura y
abrió la puerta; había alguien acostado en la cama, una mujer, pero no podía
verla bien porque las persianas estaban bajas y la luz apagada; la encendió y
se acercó a la mujer, esperando que no estuviera muerta.
–¿Me oyes?– Preguntó pero no obtuvo
respuesta.
Sin embargo, aún respiraba, aunque
con dificultad; tenía su mismo color de pelo pero más corto y se preguntó si la
conocía de alguna parte, no podía verle el rostro porque estaba boca abajo así
que la volteó hacia ella.
–¡NO!– Exclamó cuando descubrió lo
que jamás hubiera imaginado.
Durante
la noche:
Caminaba por las calles apurando el
paso; se había bajado de un taxi en la esquina de su casa y se dirigía hacia
allí. Ya había pasado la medianoche y no le agradaba andar sola a esas horas.
Llegó a su casa y tomó las llaves de
su bolsillo; le pareció escuchar un ruido detrás de ella y se volteó asustada
pero no vio absolutamente nada; se apresuró a abrir la puerta y en cuanto lo
hizo alguien le tapó la boca y la apuñaló por la espalda, luego la soltó y la
empujó adentro de la casa, cerrando posteriormente la puerta con la llave que a
ella se le había escapado de las manos; no pudo ver al hombre porque permaneció
fuera de la casa, luego escuchó una risa y el ruido de unos pasos corriendo.
No sabía que hacer, estaba herida y
perdía mucha sangre, el inmenso dolor no le permitía pensar con claridad; miró
hacia la escalera y quiso dirigirse hacia allí; caminó sosteniéndose de la
pared, dejando un rastro de sangre; subió por la escalera y entró en su
dormitorio, se recostó en la cama boca abajo y entonces recordó el teléfono, se
incorporó un poco y tomó el tubo que estaba sobre la mesita de luz pero no
había tono; si permanecía allí moriría desangrada así que se propuso salir de
la habitación, regresar a la planta baja de la casa para salir por alguna
ventana, aunque le costara, aunque le doliera muchísimo, tenía que intentarlo
porque no quería morir pero entonces volvió a escuchar la risa y posteriormente
el sonido de la llave girando dentro de la cerradura, la habían dejado encerrada,
intentó gritar pero no pudo, no podía emitir un solo sonido ¿Por qué estaba
sucediéndole eso a ella? Si no le hacía mal a nadie ¿Quién podría querer
matarla?
Regresó a la cama y se acostó,
esperando la muerte ¿Qué hora sería? ¿La una? ¿Las dos de la mañana? Nadie
aparecería en su casa a esa hora y ella ni siquiera podía gritar para que tal
vez la escuchara algún vecino y telefoneara a la policía.
Pasó el tiempo y ella se sentía cada
vez más débil; presionaba la sábana contra la herida pero de todas maneras la
sangre continuaba manando y le dolía tanto.
En un momento se quedó dormida
pensando en que finalmente terminaría su agonía pero luego la despertó una voz
femenina que preguntaba desde el exterior de la habitación si había alguien
adentro pero ella no podía responderle porque no le salía la voz; quería gritar
que estaba encerrada y que por favor la ayudara pero le resultó completamente
imposible ¿Por qué si veía y oía perfectamente no podía hablar? Parecía como si
su propio cuerpo se hubiera rebelado; si la voz, que era lo que más necesitaba
en ese momento, no la podía utilizar en absoluto.
Entonces escuchó el sonido de la
llave girando dentro de la cerradura y posteriormente cómo se abría la puerta;
luego vio las luces encendiéndose y escuchó los pasos que se le acercaban pero
no podía moverse, estaba demasiado débil ya.
–¿Me oyes?– Preguntó la voz.
Pero ella no podía responderle.
Entonces sintió que posaban una mano
en su brazo y la volteaban delicadamente.
–¡NO!– Exclamó la mujer cuando la
vio.
Y ella se percató enseguida de la
causa de su reacción; tenía ante sí a su vivo reflejo, era ella o una mujer
idéntica a ella, sólo que con el cabello más largo y mucho más saludable.
La mujer, ella misma, comenzó a
llorar y a preguntarse cómo era posible aquello; ella no podía llorar porque ya
no le quedaba tiempo para lamentarse.
–Los espejos no siempre reflejan lo
que deberían.– Dijo la mujer en un susurro.
Ella pensó que tenía razón, justo
antes de morir pensó que tenía razón.
FIN
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