martes, 29 de enero de 2013

Huellas Ensangrentadas (Cuento)


Durante el día:

Eran las nueve de la mañana y ella regresaba a su casa, mientras caminaba pensaba en lo que había sucedido la noche anterior; hacía un tiempo que pensaba dejar a su novio, tenía casi treinta años y ya no quería una relación así, tenía que haber algo mejor para ella; así que se había dirigido a su casa para plantearle la situación, habían discutido durante horas, hasta que finalmente él lo había entendido pero ya era cerca de la medianoche e insistió en que ella se quedara, por supuesto que dormirían en habitaciones separadas, todo entre ellos ya había terminado; ella había aceptado y ahora todo estaba bien, él lo había entendido mucho mejor de lo que esperaba y mucho más rápidamente.
Mientras caminaba alguien la tomó del brazo y ella se sobresaltó.
–Los espejos no siempre reflejan lo que deberían.– Le dijo un hombre; luego la soltó y siguió caminando como si nada.
Ella permaneció unos segundos mirando, con el ceño fruncido, como el extraño se alejaba y luego continuó su camino pensando en lo raras que eran algunas personas.
En cuanto llegó a su casa se sorprendió de ver que la puerta estaba entreabierta ¿Habría alguien allí? Entró sin pensarlo dos veces y la puerta se cerró detrás de ella; trató de abrirla pero fue inútil, entonces escuchó la risa de un hombre fuera de la casa y el sonido de unos pasos corriendo; buscó las llaves en su abrigo pero no las encontró, debía haberlas olvidado en la casa de su ex novio.
Cuando se volteó, dándole la espalda a la puerta, se percató de que había sangre en el piso y las paredes; huellas ensangrentadas; en el suelo pisadas y gotas de sangre que iban hacia la escalera, en la pared marcas de manos; todo indicaba que una persona gravemente herida se había desplazado hacia el primer piso de la casa pero ¿quién? ¿y por qué? ¿por qué su casa? Tomó el tubo del teléfono para llamar a la policía pero no había tono; se dirigió hacia la escalera y comenzó a subir por ella, en los escalones y la baranda continuaba el rastro de sangre y llegaba hasta su dormitorio; la puerta estaba cerrada con llave, la golpeó con fuerza y preguntó si había alguien allí dentro pero nadie respondió; miró a su alrededor y encontró la llave tirada en el piso; la levantó, la colocó en la cerradura y abrió la puerta; había alguien acostado en la cama, una mujer, pero no podía verla bien porque las persianas estaban bajas y la luz apagada; la encendió y se acercó a la mujer, esperando que no estuviera muerta.
–¿Me oyes?– Preguntó pero no obtuvo respuesta.
Sin embargo, aún respiraba, aunque con dificultad; tenía su mismo color de pelo pero más corto y se preguntó si la conocía de alguna parte, no podía verle el rostro porque estaba boca abajo así que la volteó hacia ella.
–¡NO!– Exclamó cuando descubrió lo que jamás hubiera imaginado.


Durante la noche:

Caminaba por las calles apurando el paso; se había bajado de un taxi en la esquina de su casa y se dirigía hacia allí. Ya había pasado la medianoche y no le agradaba andar sola a esas horas.
Llegó a su casa y tomó las llaves de su bolsillo; le pareció escuchar un ruido detrás de ella y se volteó asustada pero no vio absolutamente nada; se apresuró a abrir la puerta y en cuanto lo hizo alguien le tapó la boca y la apuñaló por la espalda, luego la soltó y la empujó adentro de la casa, cerrando posteriormente la puerta con la llave que a ella se le había escapado de las manos; no pudo ver al hombre porque permaneció fuera de la casa, luego escuchó una risa y el ruido de unos pasos corriendo.
No sabía que hacer, estaba herida y perdía mucha sangre, el inmenso dolor no le permitía pensar con claridad; miró hacia la escalera y quiso dirigirse hacia allí; caminó sosteniéndose de la pared, dejando un rastro de sangre; subió por la escalera y entró en su dormitorio, se recostó en la cama boca abajo y entonces recordó el teléfono, se incorporó un poco y tomó el tubo que estaba sobre la mesita de luz pero no había tono; si permanecía allí moriría desangrada así que se propuso salir de la habitación, regresar a la planta baja de la casa para salir por alguna ventana, aunque le costara, aunque le doliera muchísimo, tenía que intentarlo porque no quería morir pero entonces volvió a escuchar la risa y posteriormente el sonido de la llave girando dentro de la cerradura, la habían dejado encerrada, intentó gritar pero no pudo, no podía emitir un solo sonido ¿Por qué estaba sucediéndole eso a ella? Si no le hacía mal a nadie ¿Quién podría querer matarla?
Regresó a la cama y se acostó, esperando la muerte ¿Qué hora sería? ¿La una? ¿Las dos de la mañana? Nadie aparecería en su casa a esa hora y ella ni siquiera podía gritar para que tal vez la escuchara algún vecino y telefoneara a la policía.
Pasó el tiempo y ella se sentía cada vez más débil; presionaba la sábana contra la herida pero de todas maneras la sangre continuaba manando y le dolía tanto.
En un momento se quedó dormida pensando en que finalmente terminaría su agonía pero luego la despertó una voz femenina que preguntaba desde el exterior de la habitación si había alguien adentro pero ella no podía responderle porque no le salía la voz; quería gritar que estaba encerrada y que por favor la ayudara pero le resultó completamente imposible ¿Por qué si veía y oía perfectamente no podía hablar? Parecía como si su propio cuerpo se hubiera rebelado; si la voz, que era lo que más necesitaba en ese momento, no la podía utilizar en absoluto.
Entonces escuchó el sonido de la llave girando dentro de la cerradura y posteriormente cómo se abría la puerta; luego vio las luces encendiéndose y escuchó los pasos que se le acercaban pero no podía moverse, estaba demasiado débil ya.
–¿Me oyes?– Preguntó la voz.
Pero ella no podía responderle.
Entonces sintió que posaban una mano en su brazo y la volteaban delicadamente.
–¡NO!– Exclamó la mujer cuando la vio.
Y ella se percató enseguida de la causa de su reacción; tenía ante sí a su vivo reflejo, era ella o una mujer idéntica a ella, sólo que con el cabello más largo y mucho más saludable.
La mujer, ella misma, comenzó a llorar y a preguntarse cómo era posible aquello; ella no podía llorar porque ya no le quedaba tiempo para lamentarse.
–Los espejos no siempre reflejan lo que deberían.– Dijo la mujer en un susurro.
Ella pensó que tenía razón, justo antes de morir pensó que tenía razón.



FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario