miércoles, 30 de enero de 2013

¿La Siguiente es Santa Fe? (cuento)


          Eran las doce del mediodía y hacía veinte minutos que había comenzado a pasar a la computadora parte del cuento que acababa de escribir a mano, me faltaba poco para terminar de pasar la segunda parte y ansiaba imprimirla para dársela a mi amiga Cintia con la intención de que la leyera. Aunque mi mamá siempre lee lo que escribo, nunca le agradó el terror y supongo que lo hace un poco por curiosidad y otro poco por conocer mi forma de escribir y corregirme cuando fuera necesario; pero Cintia siempre me da su opinión y a veces me brinda buenas ideas, ya que se encuentra en mi misma situación de escribir por puro jobi. Pensar en Cintia me hizo recordar que ese día tenía un examen y creí que lo rendiría a las ocho de la mañana, por lo que me preocupó que aún no me hubiera llamado para contarme “la buena noticia”, llamé a la casa y me atendió la hermana, Celeste, cuando le pregunté por Cintia, me dijo que aún no había llegado. Aproximadamente media hora después sonó el teléfono y corrí a atenderlo.
         –¿Hola?–
         –¿Hola, Patricia?–
         –¿Cómo andás Cintia?–
         –Bien ¡APROVÉ!–
         La felicité y pasó a detallarme todo lo sucedido respecto al examen.
         –¿Qué vas a hacer hoy?– Le pregunté.
         –Hoy trabajo, entro a las ocho; si querés nos encontramos a las seis, no creo que pueda antes.–
         –Está bien, entonces nos vemos a las seis en el Play Center del shopping.–
         Me respondió afirmativamente y luego nos despedimos.
         Cintia trabaja en el Mc.Donald’s de Alto Palermo, por lo que íbamos a encontrarnos allí antes de que ella entrara a trabajar.
         Salí de mi casa a las cinco y cuarto (quince minutos tarde), tuve que esperar al colectivo durante más de diez minutos, definitivamente iba a llegar tarde.
         En el viaje iba leyendo un capítulo del último libro de Stephen King, que me compré, cuando el colectivo dobló para abandonar la calle Corrientes, cerré el libro para prestar más atención al recorrido, cuando estuve a punto de llegar a mi destino me puse de pie y me dirigí a la puerta trasera, eran las seis y media. Un hombre estaba parado delante de mí.
         –¿La siguiente es Santa Fe?– Me preguntó.
         –Sí.– Le contesté, dudando.
         El colectivo estaba envuelto en un extraño silencio y en cuanto le contesté a aquel hombre, varias personas me miraron como si yo estuviera loca. ¿Qué tenía de extraño contestar esa pregunta?
         Preocupada porque iba a llegar más de media hora tarde, me olvidé del hombre que estaba parado delante de mí, por lo que cuando el colectivo se detuvo en la parada, al notar que todavía no había llegado a la calle Santa Fe, no descendí, pero no me di cuenta de que el hombre, que momentos antes me había preguntado si esa calle era Santa Fe, era quien había descendido del transporte, una parada antes de su destino.
         Descendí del colectivo en la parada correcta y comencé a caminar hacia el shopping. Cuando llegué a la esquina, me detuve porque el semáforo estaba en rojo, me sobresalté al escuchar una voz de hombre hablándome al oído.
         –¡Me mentiste!–
         Me volteé hacia él, estaba mirándome a los ojos.
         –¿Me está hablando a mí?–
         –Por supuesto, mentirosa.–
         –¿Lo conozco?–
         –Lo suficiente como para mentirme tan descaradamente.–
         –¡Déjeme en paz!–
         Comencé a cruzar la calle, notando que la gente me miraba, pero no miraba al hombre que me molestaba.
         –No debiste mentirme.–
         Me seguía mientras yo caminaba.
         –No me moleste más.–
         –No pienso dejar de molestarte ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Matarme?–
         Seguí caminando sin contestarle, apurando el paso. Continuó molestándome, repitiendo siempre lo mismo, hasta que entré en el shopping. Dejé de escucharlo y cuando me volteé, él se había ido. Sentí un enorme alivio, realmente me había asustado y no podía dejar de pensar en lo que había dicho; supuse que estaba loco, pero de todas maneras no podía dejar de pensar en sus acusaciones.
         Me dirigí hacia el lugar acordado con Cintia para encontrarnos, y ella ya estaba ahí, esperándome; la saludé y nos dirigimos hacia el patio de comidas para tomar un café; mientras hablábamos comencé a sentirme observada; miré hacia todos lados, entonces lo vi, en una mesa cercana a la nuestra se encontraba el hombre que minutos antes me había perseguido repitiendo que yo le había mentido. Yo ya le había contado a Cintia lo sucedido, en cuanto nos encontramos, por lo que le dije que ese hombre era quien había estado molestándome, Cintia me preguntó donde se encontraba y yo le indiqué disimuladamente, ella se dio vuelta y me dijo que en esa mesa no había nadie.
         Recordé cómo me miraba la gente cuando yo le decía algo a aquel hombre.
         –¿En serio no ves a nadie?–
         –No hay nadie ahí.–
         Cuando volví a mirar él ya no se encontraba ahí.
         –Tenés razón, no hay nadie.–
         Pensé que quizás había sido mi imaginación, pero no creía que así fuera y eso me asustó bastante.
         –Realmente me pareció verlo en esa mesa.– Le dije a Cintia después de un rato.
         –Quizás te lo imaginaste, quedaste preocupada por lo que te pasó hace un rato y creíste verlo ahí, o quizás viste a alguien parecido.–
         –Sí, yo pensé lo mismo, pero no puedo sacármelo de la cabeza.–
         Después de un rato comenzamos a hablar de otro tema y por el momento me olvidé de aquel hombre.
         A las ocho menos cuarto abandonamos la mesa y nos dirigimos a Mc.Donald’s, cinco minutos después entró a trabajar, nos despedimos y quedamos en hablarnos por teléfono; salí del shopping y me dirigí a la parada del colectivo noventa y dos, para regresar a mi casa. Llegué a la parada y vino el colectivo, pero no lo tomé; por algún motivo decidí no subir al colectivo aún, la sensación de que no debía hacerlo me provocó un escalofrío.
         “Hasta las doce.” Pensé. ¿Qué haría hasta las doce?
         Comencé a caminar por la calle Santa Fe, no había recorrido ni media cuadra, cuando volvió a aparecer aquel hombre.
         –¿Creías que ibas a librarte de mí tan fácilmente?–
         –No me moleste.– Le dije.
         –Quiero que me digas por qué me mentiste.–
         –No entiendo de que me habla.–
         La gente me miraba cuando pasaba a mi lado, pero el hombre que al parecer ellos no veían me preocupaba más que sus miradas.
         –En el colectivo, por tu culpa tuve que bajar una parada antes.–
         Entonces, recordé quien era aquel hombre, él me había preguntado si la siguiente parada era Santa Fe, en el viaje de ida hacia el shopping.
         –No lo hice a propósito, yo creí que era Santa Fe.–
         –¿Por qué no me avisaste? Tenías que bajar en Santa Fe también, pero no bajaste cuando bajé yo–
         –No me di cuenta–
         –Claro, todas ustedes son iguales, siempre tan egoístas, pensando en ustedes mismas ¿En qué estabas pensando cuando permitiste que bajara de ese colectivo? ¿En que llegabas tarde a encontrarte con tu amiga?–
         No respondí. No sabía que hacer, ya tenía claro que el resto de la gente no podía verlo, por lo que no podía hacer nada para sacármelo de encima ¿Sería un fantasma? Me parecía demasiado nítido para ser un fantasma, aunque después de todo, yo nunca había visto  uno.
         –Voy a darte la oportunidad de enmendar tu error, todo lo que tenés que hacer es ir a la parada del colectivo noventa y dos, subir a uno y volver a tu casa.–
         –No puedo hacer eso.–
         –¿Por qué?–
         –No lo sé, ya lo intenté, pero algo me impide subir a ese colectivo.–
         –Qué lástima, entonces tendré que matarte de otra manera.–
         Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo cuando escuché esas palabras y cuando me volteé hacia él, ya no estaba.
         Sin saber qué hacer, comencé a caminar de vuelta hacia el shopping, cuando llegué a la esquina, el semáforo estaba en rojo por lo que esperé que cambiara, cuando se puso en verde comencé a cruzar, no había caminado ni cinco pasos, cuando el semáforo cambió nuevamente, pero no del verde al amarillo y luego al rojo, eso me hubiera dado la oportunidad de correr, sino directamente del verde al rojo, los autos arrancaron y uno me golpeó fuertemente en la pierna derecha, no tanto como para no poder caminar, pero si lo suficiente como para provocarme un doloroso moretón; cuando llegué al otro extremo de la calle me sentí aliviada por haber escapado de los autos; asustada por lo que pudo haberme pasado; desorientada porque no entendía cómo pudo haber pasado y con un fuerte dolor en la pierna. Decidí quedarme parada donde estaba, en la esquina de Santa Fe y Bulnes, no quería que me sucediera nada malo y me pareció que quedarme parada sería lo mejor, después de un rato comencé a sentirme aburrida y cansada de estar parada, la pierna me palpitaba de dolor y necesitaba sentarme, en cuanto comencé a moverme, algo pesado y redondo me rozó fuertemente el brazo izquierdo, provocando seguramente otro enorme moretón; desconcertada, miré hacia abajo para ver que me había golpeado; me quedé atónita al ver en el piso, justo en el lugar donde estuve parada momentos antes, una bola de pool, sino me hubiera movido, ésta me hubiera caído en la cabeza; el dolor que sentía en el brazo me demostró que cayó a una gran velocidad y eso que sólo me había rozado; me agaché para recogerla y observé con terror que la baldosa estaba quebrada; cuando la tuve en mi mano, vi que era la número siete. Me pregunté qué día era y me contesté a mi misma: Siete de abril.
         Estaba muy asustada, creí que aquel hombre, quien yo ya había asumido que era un fantasma o algo parecido, estaba provocando esos “accidentes”, decidí entrar nuevamente al shopping, me quedaría ahí hasta las doce, justo cuando cerraban. Subí por la escalera mecánica y mientras estaba en ella, primero comenzó a hacer un extraño ruido y luego se detuvo, comencé a subir caminando, segundos después empezó a salir fuego de la escalera, incendiándose, cuando el escalón de arriba estuvo envuelto en llamas, el fuego comenzó a extenderse por el resto de la escalera, corrí hacia abajo, intentando escapar del fuego, y lo conseguí sin sufrir ningún daño; en cuanto abandoné la escalera el fuego se extinguió, pero igualmente se formó una multitud en torno a ésta, para ver lo que estaba sucediendo, pero como ya había pasado “lo más interesante”, la gente volvió a lo que hacía antes.
         Miré el reloj, eran las nueve menos cuarto, no sabía qué hacer, si las cosas seguían así, no iba a llegar viva a las doce de la noche; en realidad, si las cosas seguían así, no sabía si iba a sobrevivir al siguiente minuto.
         Me dirigí hacia la escalera más cercana y me senté; me dolía la pierna y el brazo; quería que todo terminara, quería volver a mi casa, pero no podía arriesgarme a tomar un colectivo por el momento. Decidí quedarme un rato ahí sentada, pensando qué podía hacer, cuando volví a mirar el reloj ya eran las nueve y cuarto, en el momento que me puse de pie para dirigirme a otro lugar, un hombre que traía un monitor de PC, venía bajando las escaleras, tropezó, y el monitor se le escapó de entre las manos, si yo no me hubiera corrido momentos antes, seguramente hubiera caído sobre mí ¿Qué sucedería a continuación? ¿Después de sufrir un grave accidente me llevarían de urgencias al hospital Alvarez?
         Comencé a caminar por el shopping sin rumbo fijo. El vidrio de una vidriera se desprendió, cayendo al piso, a centímetros de donde yo estaba, justo cuando me detuve para atarme los cordones de las zapatillas, creo que no hace falta aclarar que si no me hubiera detenido el vidrio hubiera caído sobre mí. Me alejé un poco de los vidrios rotos y me quedé parada ahí, mirándolos, se me formó un nudo en la garganta y estuve a punto de llorar; me sentía una estúpida, trataba de contener las lágrimas, sabía que si comenzaba a llorar, lo siguiente que vendría sería un ataque de histeria y no era el momento para que eso sucediera. Después de un rato logré calmarme, me preguntaba por qué aún estaba viva si lo que él quería era matarme; no entendía cómo era posible que me hubiera salvado de tantos atentados de un fantasma, entonces se me ocurrió algo, y me vino a la mente como si me lo hubieran dicho, y fue lo único que logró calmarme un poco; que tal si la única forma en que podría matarme, sería en el colectivo noventa y dos, quizás el único objeto de aquel acoso era asustarme, para que yo tomara el colectivo, pero no lo haría, aunque no sabía por qué, pero sabía que hasta las doce de la noche no debía subir a un colectivo noventa y dos, pude haber viajado en subte hasta primera junta y ahí tomar un colectivo para ir a mi casa, pero preferí no hacerlo, no me hubiera sentido segura en un transporte.
         Fui hacia el baño, había comenzado a llorar, a pesar de haberme calmado y quería lavarme la cara; entré en el baño y mojé mi rostro, me miré en el espejo y en ese momento, éste estalló en miles de pedazos, lo primero que atiné a hacer fue agacharme, cuando todo se calmó, igualmente permanecí agachada durante más tiempo, no sé cuánto, unos minutos supongo, me dolía el rostro en varios lugares, pasé mi mano por una de mis mejillas y luego la llevé frente a mis ojos, estaba cubierta de sangre. Abrí la canilla y lavé mi rostro, los cortes no eran muy profundos pero eran varios y tardé bastante tiempo en lograr que la sangre se detuviera, cuando creí lograrlo sequé mi rostro con toallas de papel, en las que pude ver aún rastros de sangre, pero no me importaba. Miré mi reloj y eran las once de la noche ¿Cómo pudo haber pasado tanto tiempo? Ya sólo faltaba una hora.
         Estaba en el baño, observando los pedazos de espejo roto que estaban esparcidos sobre el piso y dije:
         –No voy a tomar ese colectivo.–
         Inmediatamente, en respuesta a mis palabras, la bombita de luz que estaba en el techo, se desprendió, estrellándose contra el piso, a mi lado; me sobresalte y se me escapó un gritito de asombro y temor, que creo, nadie escuchó.
         –No importa lo que hagas.– Agregué.
         Salí del baño, sintiéndome mejor por lo que acababa de decirle al fantasma, sin duda me había escuchado, pero no me pareció muy inteligente haberlo desafiado de esa manera, aunque no pudiera hacer nada para matarme en donde yo estuviera.
         Eran las once y cuarto, cuando un guardia de seguridad se acercó a mí y me dijo que el shopping cerraría sus puertas en cinco minutos; le contesté que ya me iba y me dirigí hacia la salida. No me sentiría segura en la calle; tenía que ir a algún lugar, entonces, decidí ir a sacoa a jugar a los videos para matar el tiempo. En el trayecto hacia allí, nada extraño sucedió, afortunadamente. Jugué a varios juegos antes de decidirme por “El mundo perdido: Jurasik Park”; es un juego con pantalla enorme y lugar para sentarse, está todo cubierto (a mí me recuerda a una auto) y tiene cortinas a los costados, nadie puede ver lo que sucede dentro del juego, excepto por el vidrio polarizado de atrás. Pasé la tarjeta, tomé el arma y comencé a jugar; me pareció demasiado sencillo; llegué hasta el tiranosaurio con todas las vidas, algo raro en mí jugando sola. Finalmente, cuando el enorme animal cayó, me pareció que comenzaba a salir de la pantalla, a cada segundo que pasaba aumentaba su tamaño, cayendo en dirección a donde yo estaba, miré hacia atrás para ver si alguien estaba siendo testigo de lo que sucedía y me di cuenta que el dinosaurio no salía del juego, sino que yo estaba dentro de éste; aun estaba sentada, pero no dentro del juego, sino en el jeep; cerré con fuerza los ojos y cuando los volví a abrir estaba en el juego nuevamente; me sentía algo aturdida, pero para nada asustada; desde un principio supe que era una especie de ilusión, entonces, mirando la pantalla del juego, dije:
         –Hubiera preferido que sucediera eso en “La casa de la muerte”, hubiera sido más divertido.–
         Como contestación a mi estupidez, se apagaron todas las luces del local, tuvimos que salir todos los que nos encontrábamos allí.
         Miré mi reloj, faltaban cinco minutos para las doce, a pesar del dolor que sentía en la pierna, el brazo y la cara, me sentía bien; faltaban cinco minutos para que todo terminara; había eludido las trampas que aquel fantasma me había puesto.
         Permanecí los siguientes diez minutos sentada en la puerta de los videojuegos sacoa. A las doce y cinco me dirigí a la parada del colectivo noventa y dos.
         Cuando llegó el colectivo, miré mi reloj y eran las doce y cuarto, cuando estuve a punto de subir tuve una sensación extraña; había algo que me decía que aún no debía hacerlo, me di vuelta y le pregunté a la mujer que estaba detrás de mí que hora era.
         –Las doce menos cuarto.– Me dijo.
         Me alejé del colectivo pero permanecí en la parada ¿Cómo me había dado cuenta? El fantasma en algún momento y de alguna manera, había adelantado mi reloj, haciéndome creer que eran más de las doce y que ya estaba a salvo.
         Pocos minutos después, pasó otro colectivo noventa y dos, el que tampoco tomé. En el momento en que el colectivo paró para que la gente subiera, se descolgó, al parecer por sí solo, el tubo del teléfono público que estaba junto a la parada. Me sobresalté por el ruido y cuando miré en esa dirección para ver que había sucedido, la voz del fantasma salió del tubo descolgado.
         –¡Subite al colectivo! ¡Es la única salida!–
         Siguió repitiendo estas palabras, mezcladas con toda clase de insultos, cada vez subía más la voz, hasta que comenzó a gritar desaforadamente. Miré a mi alrededor y me di cuenta que ninguna otra persona escuchaba lo que yo.
         Comencé a correr desesperada, en un intento de escapar de la voz fantasmal, pero ésta seguía atormentándome en mi cabeza; me detuve a dos cuadras del teléfono poseído por el fantasma, era inútil correr, sólo había dos salidas: Tomar el noventa y dos o esperar; obviamente, la primera significaría la muerte para mí, por lo que sólo me restaba esperar.
         Me quedé parada frente a la vidriera  de un negocio de electrodomésticos, justo frente a un televisor enorme, quién sabe de cuantas pulgadas. El televisor se encendió por si solo de repente y pude ver en la pantalla el rostro del fantasma, repitiéndome frases que tenían que ver con lo mismo.
         –Debiste haber subido a ese colectivo, es la única manera de escapar de mis tormentos.–
         –Yo no quiero morir y sé que subir a ese colectivo antes de las doce significará mi muerte.–
         –Pero tenés que pagar por tus errores ¿No podés entenderlo?–
         –Yo no sé lo que te sucedió cuando vivías, pero yo no tengo la culpa de tu muerte; si alguien cometió alguna vez el error de indicarte mal donde debías bajarte del colectivo noventa y dos y luego sufriste algún tipo de accidente, porque exactamente eso es lo que creo que sucedió, yo no tengo la culpa, cuando me lo preguntaste ya estabas muerto, no provoqué ningún daño con mi equivocación.–
         Cuando terminé de hablar, la pantalla del televisor se oscureció, hasta quedar apagado. Le pregunté la hora a una mujer que pasaba y me dijo que eran las doce en punto. Finalmente, todo había terminado.
         Comencé a caminar hacia la parada del colectivo, en el trayecto, le pregunté la hora a todas las personas que pasaban y todas me contestaron que eran más de las doce.
         Cuando estuve en la parada, antes de subir al colectivo, le pregunté a un hombre que estaba detrás de mí que hora era y me contestó que eran las doce y cuarto, entonces subí al colectivo; dormí durante todo el viaje, estaba muy cansada, y no era para menos, había tenido un día muy agitado.
         Cuando llegué a mi casa, fui al baño, me cambié de ropa y me fui a dormir; pocos minutos después de apoyar la cabeza en la almohada me quedé profundamente dormida, mi último pensamiento antes de sumirme en un profundo sueño, fue que jamás, en toda mi vida, volvería a subir a un colectivo de la línea noventa y dos un siete de abril, seguramente no me olvidaría de la fecha.



         Esa noche tuve un sueño que recuerdo a la perfección. Estaba en el colectivo noventa y dos, camino al shopping Alto Palermo, me puse de pie y me dirigí a la puerta trasera del transporte, un hombre, que en ese momento no reconocí, me preguntó si la siguiente era Santa Fe, yo le dije que sí, pero no estaba completamente segura de que así fuera, entonces, miré en el espejo redondo que se encontraba junto a la puerta trasera del colectivo, y descubrí que no era yo, inmediatamente después comencé a ver todo desde afuera y reconocí a aquel hombre, era el fantasma que había intentado asesinarme, pero estaba vivo. Tal como realmente sucedió, aquel hombre descendió del colectivo, pero yo descendí con él, aunque en realidad yo no me encontraba ahí, al menos no físicamente, era un sueño y observaba lo que sucedía desde fuera de la escena. El hombre comenzó a caminar, cuando llegó a la esquina, al darse cuenta que no se encontraba en la calle Santa Fe, comenzó a ponerse nervioso, miró su reloj, se le hacía tarde, intentó cruzar la calle corriendo pero vino un auto a toda velocidad que lo atropelló, dejándolo tendido en el medio de la calle, con heridas en todo el cuerpo, a los pocos minutos murió y el último pensamiento, antes de perder la vida, fue para aquella chica del colectivo; yo escuchaba sus pensamientos y lo último que paso por su cabeza, fue que esa chica le había mentido, y se juró a sí mismo, antes de morir, que no permitiría que nadie, jamás, volviera a cometer un error semejante.
         Luego, mi mente regresó al colectivo, esta vez era yo quien iba sentada, lo supe por el libro que tenía en mis manos, era el mismo que había estado leyendo en la realidad, me paré para dirigirme a la puerta trasera, pero esta vez ya sabía lo que iba a suceder, o al menos eso creí, porque escuché una voz de mujer que me llamaba por mi nombre desde atrás, cuando me volteé me quedé congelada por el asombro de lo que veía. La mujer que me había llamado, estaba cubierta de sangre, heridas por todo el cuerpo, incluso tenía una gran herida en la frente que dejaba al descubierto un pequeño trozo de cerebro.
         “Tiene que estar muerta.” Pensé.
         –Claro que estoy muerta– Me contestó en voz alta. –Ya hace cinco años que estoy muerta. Él me asesinó de la misma forma y por el mismo motivo que quiso matarte a vos.–
         Parecía muy joven, no aparentaba más de diecisiete años, me dio mucha pena verla así.
         –No sientas pena por mí– Me dijo, contestando nuevamente a mis pensamientos. –Yo ya estoy muerta y me encuentro bien donde estoy. Pero vos no, y por eso te ayudé, no podía permitir que siguiera asesinando.–
         Entonces comprendí, ella había estado conmigo todo el día anterior, desde que el fantasma me eligió para que fuera su víctima; ella me había dicho que no debía tomar el colectivo antes de las doce y me “la sensación de que no debía subir al colectivo”, en realidad era ella ayudándome, para que no me sucediera lo mismo.
         –Así es– Me dijo. –Entendiste perfectamente.–
         –Gracias.– Le dije.
         Me sonrió y luego desperté, como ya dije antes, recordaba todo el sueño a la perfección, y aunque eran las cinco de la mañana, me levanté de la cama, encendí la luz de mi dormitorio, tomé una lapicera, hojas de papel y comencé a escribir esto; ya son las diez de la mañana y me estoy muriendo de sueño, pero tengo que terminar, porque cuanto antes termine, antes llegará a las manos de quien podría ser la próxima víctima de aquel fantasma el año próximo, por eso aconsejo a quien en este momento esté leyendo mis palabras, que recuerde esta fecha por siempre: Siete de Abril; y que nunca en toda su vida, suba a un colectivo noventa y dos en esta fecha. Y si por casualidad estás leyendo esto, dentro de un colectivo noventa y dos, camino al shopping Alto Palermo y hoy es siete de abril, si te levantás, te dirigís a la puerta trasera del transporte y cuando estés ahí, un hombre te pregunta si la siguiente es Santa fe, no le contestes, porque aquel hombre puede ser el fantasma y aunque no pudo matarme a mí, quizás logre matarte a vos si te equivocas en tu respuesta.



FIN.

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